Circo Romano Milennial

De las minas a las oficinas

En la antigua Roma existieron los gladiadores. Eran esclavos provenientes de zonas como la actual Siria, de donde fue originario Euno, dirigente de la Primer Guerra Servil (guerra de liberación de esclavos); Europa Central, antes llamada Galia, hogar de Crixo, comandante de la Tercer Guerra Servil o de Bulgaria, lugar de nacimiento del más famoso de los gladiadores: Espartaco, esclavo tracio y líder indiscutible de las Tercer Guerra Servil.

Los gladiadores eran arrojados al Circo Romano para luchar por su vida y entretener a las capas más bajas de la sociedad romana la cual se divertía de ver como esclavos, a penas considerados más que objetos que hablaban, entregaban su vida por “la gloria de la arena”.

Estos esclavos, diría la canción, estaban muchas veces en jaulas de oro pues era obvio que los dueños de los mismos y los propios patrocinadores del Circo querían sujetos aptos para la pelea y no personas escuálidas y mal comidas, incluso les tenían su “bebida energética” de plantas y vinagre. Todo para ser buenos esclavos… pero esclavos al fin.

Por eso Crixo, Euno, Espartaco y miles de gladiadores más se rebelaron contra ese régimen, porque querían ser libres, porque no querían tener una jaula de oro sino los grandes campos de la Galia y Tracia para correr y reencontrarse con sus ancestros. Por eso lucharon, por eso hoy los seguimos recordando como dirigentes políticos y libertadores de los pueblos oprimidos.

Este periplo cultural nos debe servir como pretexto para hablar del Circo Romano de la llamada generación “milennial” (los nacidos entre 1981 y 1997, es decir, los hijos mayores del neoliberalismo).

Se dice que esta generación es la generación con el mayor grado de estudios: el 49.2% tiene, al menos, la educación media superior frente al 11.7% de la generación anterior (1965-1981), un cambio bastante abrumador y más si tomamos en cuenta que de 1965 a 1997 la población mexicana creció de 50.5 millones a 90.5 millones, casi el doble.

Sin embargo, las hijas e hijos del neoliberalismo nos hemos encontrado un panorama muy adverso derivado no tanto de “ser una generación de cristal” como de las propias políticas que vinieron a enterrar lo más benéfico del pasado Estado del Bienestar construido desde el Cardenismo (seguridad social, ampliación de derechos laborales, desarrollo de fuerzas productivas, cierta soberanía energética) para entregarnos un país enfocado en los servicios, la desindustrialización y con ello ser una tierra de conquista y saqueo (somos el 11vo país que más alimentos produce en el mundo y aun así más del 50% de la población no puede comer frutas debido a que no le alcanza para comprarlas).

Para terminarla de amolar, nos enfrentamos al Circo Romano todos los días en el trabajo y ya no digamos esos trabajos tradicionalmente “para jodidos” como las fábricas donde el capataz es muy directo: debes producir o te vas; y según testimonios de las compañeras maquiladoras del norte y del bajío, esto lo acompañan de insultos y hasta golpes.

No, también en los “trabajos de oficina” esos que los prófugos de las fábricas y la construcción buscamos para olvidar el pasado familiar. En esos también tenemos a nuestros capataces pero tienen nombres más bonitos: gerente, subgerente, manager y los temidos “recursos humanos”, como si las personas fuéramos un bien material como aquellos esclavos tracios.

Estos sujetos muchas veces son personas desclasadas, es decir, que no representan los intereses de su propia clase, el proletariado. Son igual de explotados que nosotros pero porque ganan mil pesos más o tienen un puesto más cerca de la oficina del patrón creen que son dueños de la empresa o sueñan con tener su futuro de película y tras años de esfuerzo, que el dueño les deje el changarro y así suban en la escala social.

Estas personas a veces resultan hasta más reaccionarias que los patrones, son los que le ponen el dedo a quien se organiza, son quienes están tomando el tiempo que tardamos en ir al baño, los que nos mandan correos electrónicos a las 10 pm para entregar una chamba antes de que termine el día.

Y peor aún, el capitalismo ha afinado sus formas y métodos, ahora incluso nos dan evaluaciones para medir “el rendimiento del equipo” donde a veces se dan prebendas (aumento de salario en el mejor de los casos o la taza de la compañía en la mayoría) a los que salen mejor puntuados y los que no… pues aumento de carga de trabajo, mayor acoso y hostigamiento laboral e incluso ahora vienen con el cuento en muchas empresas que esos documentos pueden justificar los despidos, cosa totalmente violatoria del artículo 47 de la Ley Federal del Trabajo.

Peor aún, cuando sales mal en “la evaluación” ni siquiera te despiden, pues sería ilegal y constituiría un despido injustificado, sino que te dicen “pasa a Recursos Humanos y firma tu renuncia” si no es que ya la firmaste el día que entraste a trabajar. Otra violación gravísima de los derechos laborales.

Y en todas estas violaciones, lo más grave, es que muchas veces son nuestros hermanos y hermanas de clase quienes por tener su bebida de plantas y vinagre se lanzan como gladiadores sobre el cuello del compañero o compañera más desprotegido con tal de no ser ellos los siguientes despedidos.

Frente a esto, es más que necesaria la tarea de educar y proletarizar a esos sectores del pueblo, que nos demos cuenta que la educación media superior o superior no nos quita ser parte del pueblo trabajador y explotado sino, al contrario, nos convierte en obreros calificados, nada más y nada menos (o bueno, gladiadores del siglo XXI).

Es una tarea necesaria y más en contextos urbanos donde gran parte de la población tiene este tipo de empleos, pues como dice la canción de Malnati “el obrero ya no sólo está en la mina, ahora también es el que usa photoshop” y así es, también vende su fuerza de trabajo, también modifica la materia, también sufre del gasto de su propia corporalidad y lo vemos en esos fines de semana donde ya no se quiere hacer otra cosa que descansar… o consagrarse a los placeres mundanos.

Por eso es tiempo de que nuestra generación llamada milennial, los hijos mayores del neoliberalismo, junto con todo el pueblo pobre, termine de una vez y para siempre con esas políticas económicas que nos carcomen la vida; con esas ideas culturales que rompen la unidad del proletariado; con esas leyes que nos aplastan todos los días en el trabajo. Pero también, que nuestra generación aprenda que el futuro no es regresar a la Galia salvaje o al Estado Benefactor sino hacia el progreso verdadero que sólo será la democracia popular y el socialismo.

Seamos como Euno y Espartaco y luchemos con dignidad, con el pueblo organizado, luchemos hasta vencer.

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