ArtículosAnálisisFragua #117

Fracking sostenible… para las empresas. Se fractura la transformación

La historia no se repite, ni con lo del fracking, y mucho menos en distintas latitudes del mundo; sin embargo, existen ciertos parámetros científicos que nos permiten explicar la realidad. Hay leyes de la materia y la historia que nos ayudan a comprender los hechos que vivimos.

Por eso, entender hechos políticos (y medio ambientales) en países con similitudes sociales, políticas y hasta ambientales es un ejercicio necesario para conocer cómo se desarrollan las clases sociales, cuáles son los efectos de ciertas políticas y hasta entender cómo las clases sociales y sus decisiones afectan el medio ambiente en el que vivimos. Dicho esto, vamos a entrar en materia.

Como hemos mencionado en los últimos números de fragua, el gobierno de Claudia Sheinbaum se acerca peligrosamente a la aceptación del fracking como una medida para sostener la capacidad energética de nuestro país.

Otra mujer presidenta progresista de un país latinoamericano hizo lo mismo con casi los mismos argumentos (“es más barato producir que importar”): Cristina Fernández en 2012 en Argentina.

Tras un golpe que parecía radicalizar el kirchnerismo, la presidenta Cristina Fernández resolvió expropiar la YPF (Yacimientos Petrolíferos Fiscales) la cual estaba controlada por la española Repsol. Y como parece que les gusta a los gobiernos progresistas, no es que el 100% de la YPF sea estatal, sino que solo es el 51% (como la reforma energética progresista mexicana que permite el 46% de la propiedad privada sobre la generación de energía).

Después de quitarle el control a Repsol sobre la YPF, el kirchnerismo resolvió que era buena idea abrirles el mercado a los privados para el fracking, porque en Argentina no existía la capacidad técnica para realizarse (ah caray, suena parecido) y, además, creó un equipo técnico de especialistas para desarrollar el proyecto y que fuera ambientalmente sostenible (bueno ya, alguien debe cambiar al guionista que escribe la historia de los gobiernos progresistas en América Latina).

Para que nos demos una idea, la campaña para lograr la aceptación del fracking fue tal que daban materiales didácticos en las escuelas de la región para enseñar a los niños las bondades del fracking (será por eso que tienen a quien fuera encargada de la educación en la CDMX dentro del equipo que se encargará de investigar las posibilidades del fracking en México aun cuando no tenga absolutamente nada que ver con su área de investigación… curioso).

Y nada, la explotación del fracking en Argentina va viento en popa. La región donde se desarrolla es Neuquén y específicamente en Vaca Muerta, la cual hoy es una vaca con mil ubres que no está dándole soberanía energética a los argentinos, se le paga a empresas extranjeras. Y también es importante decirlo, este proyecto no ha sido tocado ni cambiado por los gobiernos siguientes. Tanto el Macrismo de derecha, como la derecha kirchnerista de Alberto Fernández (2020-2023) y el libertario de Milei, lo tienen como la gallina de los huevos de oro y sólo han ido ampliando las operaciones. Distintas formas de gestionar el capital pero, en lo importante, los gobiernos progresistas y la ultraderecha coinciden.


Te invitamos a leer el siguiente artículo del FRAGUA #75: La naturaleza del capitalismo


Ahora bien, este proyecto servido en bandeja de plata por el progresismo a la derecha fascista se vende no sólo como la panacea económica y energética, sino también ambiental. Y es el ejemplo que el gobierno de Claudia Sheinbaum está tomando como un fracking que no afecte el medio ambiente, que use menos agua y que ésta sea agua residual. Todo muy bien, según esto, pero la realidad es un tanto distinta.

En Vaca Muerta quedó demostrado que no sólo es un problema de uso de agua sino que hay un montón de factores que afectan el medio ambiente. Sin contar el agua podemos enunciar los siguientes problemas:
Sismos: la región de Neuquén es muy parecida a la región de Coahuila o Tamaulipas, zonas donde se quiere realizar el fracking en México. Son regiones consideradas “asísmicas”, o sea que no tiembla (aunque en Coahuila han aumentado los sismos 150% este año). En los últimos cinco años, Neuquén ha tenido un temblor cada tercer día.

Esto, evidentemente, va modificando la geografía de la región y facilita las rupturas que pueden causar filtraciones de energéticos “no convencionales” en sistemas hídricos. Tantos son los problemas por los sismos generados por el fracking, que las empresas ya tienen un sistema para medir sus afectaciones que generan, al menos en el caso argentino, el Estado no tiene una regulación al respecto.

Expulsión de gases de efecto invernadero: Perforar no sólo es gastar agua, es necesaria energía para lanzar esa agua a tanta potencia que sirva para fracturar la tierra. Cada motor de una de esas máquinas necesita la potencia de siete motores de locomotoras de diésel, es decir, un montón de energía para moverlo y muchos contaminantes derivados del uso de esa energía.
Expulsión de metano: aún si se lograra resolver la contención del metano por fugas a una eficiencia del 100% (cosa imposible y, además, sin interés para las empresas, para muestra, en EE.UU. existe un 12% de fugas)

En al menos dos momentos del proceso del fracking donde se lanza el metano de manera intencionada, durante el venteo, (liberación intencional de gas para que no explote) y durante la quema del residual que no se puede refinar.

Basureros: la recolección de residuos del fracking en Neuquén está sobrepasada. La tierra sólo acumula y acumula residuos combustibles y el Estado se asume como rebasado por no poder hacer nada más que guardarla y esperar a que pase algo. Evidentemente, estos residuos tampoco son convencionales y tampoco se pueden tratar de manera convencional y como es un gasto que no le interesa al capital, simplemente dejan su cochinero ahí. Estos sólo son algunos de los efectos más alarmantes del “fracking ecológico” y eso que se calcula que sólo se han hecho el 7% del total de pozos posibles en la región.

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