Chile, la revuelta contra Pinochet

Nueva constitución y lucha popular

El pueblo chileno salió a votar por una nueva constitución a finales de octubre, esto gracias a la revuelta popular iniciada el año pasado por jóvenes, principalmente mujeres, quienes protestaron contra el aumento en el transporte público, hecho que destapó las carencias en las que el neoliberalismo sumió a ese país, el cual, por cierto, fue el primero en asumir esa política económica impuesta gracias al golpe de estado de Pinochet en contra del presidente Salvador Allende.

De saltar torniquetes pasaron a la revuelta callejera, de formas muy espontáneas de organización en marchas y mítines pasaron a formas cada vez más complejas de organización; los rostros cubiertos de los integrantes de la “primera línea” se convertían en los rostros de un pueblo heroico luchando contra la injusticia y la pobreza. A los jóvenes se sumaban trabajadores, amas de casa, trabajadores de limpieza y de la construcción; pueblos enteros entraban en la lucha.

Escudos elaborados con botes de basura, máscaras antiguas, cascos de obrero, palos y piedras se convirtieron en las armas de lucha de un pueblo harto de sus condiciones de vida. Los partidos electorales primero recibieron las protestas como siempre: insultos y represión; pensaban que era una “llamarada de petate”; sin embargo, la llama inundó al país sudamericano y terminó por “abrir las grandes alamedas”.

En una movida táctica, el gobierno cedió en lo inmediato sin profundizar lo importante, hasta que fue orillado a llamar a un plebiscito donde se determinaría si la constitución de la dictadura seguiría vigente o si habría una nueva, finalmente ganó la opción por una nueva carta magna y el pueblo celebró. Victoria popular sin duda, pero por ahí algunos hablan de los límites del proyecto y eso queremos tratar ahora.

Los partidos electorales, representando sus intereses de clase burgueses y pequeñoburgueses firmaron un acuerdo para que la nueva constitución tuviera reglas restrictivas donde el pueblo tuviera un papel sumamente alejado, casi de espectador, para la elaboración de la misma, mientras los políticos de oficio volvían a escribir una ley que, sin duda, cederá en lo superfluo e inmediato, pero no tocará los intereses de la burguesía ni al modo de producción capitalista en su esencia.

Advirtiendo esto, varias organizaciones chilenas siguen en movilización constante exigiendo que el pueblo sea quien escriba su nueva constitución y, entre otras cosas, el fin de la represión y la libertad de los presos políticos de la revuelta. Organizaciones comunistas, anarquistas, mapuches y antineoliberales siguen luchando en la calle y en los pueblos porque consideran que no es suficiente una nueva constitución si son los mismos burgueses quienes la escriben.

Este pequeño resumen de la situación chilena (la cual, sin duda, es corta, inexacta y muy general) nos expresa una necesidad apremiante de los pueblos: terminar con el neoliberalismo. Pero, ¿cómo?

Algunos dicen que por medio de las elecciones, que el voto es el arma principal del pueblo en una democracia, pero… ¿democracia para quién? En el caso chileno, el presidente Sebastián Piñera es un burgués (el quinto chileno más rico), quien tiene inversiones en la banca, el sector inmobiliario, y las aerolíneas y hasta ha pasado por el negocio del fútbol.

Este presidente, a quien el pueblo chileno exigía su renuncia, hace todo por mantener sus intereses y los de su clase intactos, por sostener el neoliberalismo que continuó incluso después de la caída de la dictadura. Sin embargo, este presidente llegó por métodos “democráticos” y con “todas las de la ley”, claro, con una ley burguesa hecha por y para esta clase

Esto nos pone en claro los límites de la propia legalidad capitalista y cómo, por más que se quite un dictador o se obtenga una nueva constitución, mientras sean los capitalistas, los empresarios, quienes tengan el poder sobre los medios de producción y, por ende, sobre el poder político del país, las cosas no cambiarán de manera radical y profunda.

Por eso, las organizaciones siguen llamando a la lucha, a no dejar la calle, a plantar cara de manera combativa aun con los resultados a favor, y a utilizar esta victoria para tomar impulso y continuar con el proceso de transformación.

 En este sentido, y guardando las distancias, el actual proceso que estamos viviendo en México nos recuerda que por nada del mundo debemos dejar la organización, la movilización y la lucha combativa y, más importante aún, que para terminar con el neoliberalismo de raíz hay que extirpar su origen: el capitalismo, y esto sólo se hará con todo el pueblo organizado y movilizado.

Debemos seguir impulsando la lucha contra el neoliberalismo en nuestro país y solidarizarnos con los pueblos de nuestro continente que luchan contra estas políticas económicas y por su verdadera soberanía, por determinar su destino, por la justicia para las masas oprimidas y explotadas.

Avancemos con conciencia e independencia de clase, pues sólo seremos los trabajadores del campo y la ciudad quienes acabemos con el neoliberalismo, destruyamos el capitalismo y construyamos el socialismo.

¡Terminemos con el neoliberalismo en América Latina!

¡Contra el despojo, la represión y la explotación; resistencia, organización y lucha por el socialismo!

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