¿Cómo luchamos las mujeres proletarias?

Otra perspectiva

“¿Entonces las mujeres que luchan son o no son «especiales?”, me dice doña Lucía en forma de saludo mientras extiende la página del FRAGUA con el artículo de “Militancia feminista”. “Porque aquí dice que no, pero todo lo demás que dice da a entender que sí… y la verdad hay varias cosas un poco raras”.

Mientras me ofrece una tuna recién pelada, continúa con sus impresiones: “Yo no creo que si somos las hijas del pueblo nos hayamos entregado a las causas del pueblo, porque si verdaderamente somos hijas del pueblo su causa es la nuestra. Nuestros propios problemas no son otros ni son distintos que los problemas del pueblo en general. O sea, no es que uno decida entregarse a otra cosa, sino que uno nació siendo pueblo, entonces cada que afrontamos la vida lo hacemos como pueblo ¿no?”.

“A mí nadie me impuso nada, más que nacer pobre, tan pobre como mi marido, como mis hijos y todos, hombres y mujeres somos sostén emocional de alguien más, ¿qué hay de malo en eso?, ¿no cuando decidimos establecer relaciones con los demás decidimos también eso, ser sostén emocional de otros que también son el nuestro? Eso no es una imposición, es una decisión. ¿O qué es que ustedes están luchando para que todos puedan establecer noviazgos, amistades, familia sin asumir las responsabilidades afectivas que eso implican?”. Le niego con la cabeza mientras trato de que no se me escurra el jugo de la deliciosa tuna. 

“No sé… suena como si las mujeres del pueblo sufrieran mucho por decidirse a luchar y la mera verdad las mujeres trabajadoras siempre hemos luchado, todo es una lucha, igual que todos los pobres, lo que quieras, lo que necesites, el día a día es una lucha. Ser fuertes sí es soportar lo que nos toca vivir, ser fuertes es imponerse, darse cuenta que uno decide, siempre decides que no eres víctima de las circunstancias. Luchar para nosotras no significa dolor, no significa terror, al contrario, significa esperanza, significa ganas de seguir aquí”.

Remata con voz bastante seria leyendo una frase que subrayó con el mismo lápiz con el que hace las cuentas de los clientes: “porque para ellos somos el mal necesario, quienes les lavan la ropa, les preparan los alimentos, quienes generan el dinero con el que ellos pueden hacer las cosas más absurdas”, ha gesticulado exageradamente y me dice: “¿tú crees que Toño pensaba eso de mí, tú crees que Luis, mi nieto, piensa eso de nosotras?”. Y al final me mira fijamente.

¿Qué le digo a esta mujer que a sus sesenta y tantos años se sigue levantando temprano (a las cinco de la mañana) y termina de trabajar a eso de las seis del día, a esta mujer que perdió a su marido en la primera ola de COVID, un marido que siempre trabajó a la par de ella, que siempre enfrentó con la misma fuerza y entusiasmo la vida, que siempre le decía “no laves, no hagas, si ya trabajaste…”, que siempre la dejó ser y trabajar porque en la clase en la que nacieron no hay gran diferencia si uno nace hombre o nace mujer? ¿Qué le digo, que es un decir, que son frases, que lo que se intentó decir es otra cosa, que sí hay mujeres a las que no les va tan bien (¡como si ella no lo supiera!)? Así que sonrío y le digo, tiene razón, está bien, vamos a escribirlo. Me reniega con la cabeza: “¡ya sabes que a mí esas cosas no se me dan!”. Entonces hagamos uno juntas, le digo, ni modos que porque usted no escribe nos quedemos sin compartir su valiosa opinión.

 Después de una tarde bajo la calurosa lona de su puesto, mientras garabateamos para escribir esto, me puso en una bolsa mandarinas y uvas de regalo para mi hija. Mientras camino hacia mi casa he pensado muy seriamente en sus palabras y pienso que, aunque pueda parecer una exquisitez, Doña Lucía tiene razón: las mujeres que luchamos no decidimos cambiar nada por nada, porque nuestra cotidianidad no era “tranquila”, sino sumamente violenta, y no tuvimos que renunciar a nada porque en la lucha misma estaban nuestros sueños, nuestros amores y nuestras familias. No es que alguien más decidió que nuestra prioridad era cuidar y sostener. Nosotras decidimos (las que así lo hicimos) que esa era nuestra responsabilidad, no alguien más, y nuestra prioridad la decidimos libremente: luchamos por un mundo en donde esto sea posible para todos, donde los hombres y las mujeres del pueblo trabajador puedan ser plenamente lo que ellos decidieron, donde puedan ser sostén emocional y económico sin que la miseria los obligue a rehuir de las responsabilidades que ellos mismos decidieron para ellos, sin que la infame jornada laboral los convierta en trapos que no pueden darse cuenta de que uno no carga en esta vida ni sufre en esta vida nada que uno mismo no haya decidido cargar o sufrir.  Nosotras ya teníamos un lugar, para empezar, no nos incorporamos a una lucha para subsanar falta de autoestima o nuestras carencias afectivas y no nos ganamos, nunca nos hemos ganado un lugar por nuestras incapacidades, sino porque aprendemos a identificarlas y a hacer hasta lo imposible para aniquilarlas.

Finalmente, me pregunto cuánto tiempo más arrastraremos esa idea judeocristiana y equivocada del amor. Cuánta razón tenía doña Lucía. El amor no puede ser confundido con un sentimiento que genera menoscabo o malestar, el amor genera fuerza, plenitud, no es aquello que genera dolor, ira. El amor es siempre cosas concretas, actos concretos. ¿Lo hacemos como sacrificio para que las que vengan vivan plenamente?, ¿nada más? La verdad es que no, ninguno de todos los días en que me he levantado a costa del peso del cansancio lo he hecho como un sacrificio, sé que doña Lucía tampoco, lo hacemos por el inmenso placer de cumplir con el deber. Por eso nunca seremos tolerantes con nuestras incapacidades, nunca. La culpa y el sacrificio tampoco nos parece la manera más revolucionaria de reconstruirnos, heredar culpa y sacrificio a quienes se beneficien de nuestros actos tampoco es una forma de liberar a nadie. Sin culpas, sin sacrificios, la voluntad nos alcanzará para darnos cuenta de que no las mataron por nosotras, sino que ellas y nosotras decidimos luchar juntas y que las mataron por ellos, por esos hombres y mujeres ricos que han decidido defender su comodidad, su opulencia y su riqueza a costa del dolor, la miseria y el sufrimiento de nosotros.

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