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Construir y ejercer la democracia popular

La vida después del voto

En las elecciones, 36 millones de mexicanos eligieron a Claudia Sheinbaum como presidenta y, con ello, muchos esperan ver resultados de gran calado en favor de las clases trabajadoras. No obstante, nuestro análisis en fragua nos sugiere que no será así, sino que asistiremos efectivamente a un segundo episodio de la llamada Cuarta Transformación: la implementación de políticas timoratas y melladas “a favor” de las clases trabajadoras con el fin ulterior de facilitar al Estado la gestión del capitalismo. Además, sospechamos del beneplácito con el que los banqueros y las cámaras empresariales dieron su espaldarazo a la hoy presidenta electa.
El cierre del proceso electoral nos sugeriría naturalmente un análisis marxista del mismo. No ahondaremos en ello. Para fines de este texto, basta con señalar lo evidente: que el proceso cumplió con los rasgos propios de la democracia liberal burguesa. Por lo demás, más allá de diferencias relevantes que hemos analizado continuamente en fragua, los dos llamados “proyectos de nación” presentan plataformas políticas que guardan una similitud de fondo en cuanto a la perpetuación del capitalismo.
Podríamos bien resumir nuestro balance de las elecciones del siguiente modo: 1) muy afortunadamente, la derecha no ganó; 2) desafortunadamente, la insuficiente izquierda electoral (Morena) ganó; 3) inevitablemente, seguiremos trabajando para construir un gobierno proletario por la vía de la organización independiente. Nunca hemos prescrito a nuestros compañeros y lectores cómo votar, pues nuestra labor política no es electoral ni concede a las urnas relevancia desmesurada. Nuestra conclusión e invitación al respecto siempre ha sido: votes o no votes, organízate. En ese sentido, nuestro texto postelectoral no puede ser otra cosa que un exhorto al pueblo entero de México a la organización popular.

LA DEMOCRACIA LIBERAL BURGUESA COMO OBSTÁCULO
Para la mayoría de los mexicanos, la vida democrática muere cada que terminan las elecciones y revive sólo hasta la siguiente votación. Así funciona la llamada democracia liberal burguesa, cuya contradicción principal es que en ella elegimos para no elegir. Cada tantos años delegamos el poder a políticos que prometen representarnos y luego dejamos de intervenir en la toma de decisiones de la nación.
¿Qué es esa llamada democracia liberal burguesa? Simple. Aunque ignoremos sus apellidos, la conocemos bien: es la que se practica en México y en la mayoría de los países de Occidente. Es burguesa porque sirve a los intereses de la gran burguesía, de los multimillonarios, y no de los proletarios; es decir que se usa como una herramienta para mantener y profundizar el capitalismo. Es liberal porque proviene del liberalismo, que es el modelo político instaurado en los Estados occidentales, en el transcurso del siglo XIX y a partir del triunfo y consolidación de la burguesía como clase dominante. El Estado y la burguesía sostienen que su fórmula democrática (liberal y burguesa) es la mejor y la más deseable. Suelen suprimirle los apellidos para llamarla simplemente la democracia, como si fuera la única.
No obstante, esta fórmula ha demostrado ser un obstáculo para mejorar trascendentalmente la vida de las clases populares. Lo corroboran las recurrentes crisis mundiales y locales de toda índole: económicas, climáticas, migratorias, de derechos humanos y sanitarias, así como las guerras y los genocidios. Lo corrobora de igual modo la obscena acumulación de capital: el 1% de la población mundial acapara el 45% de la riqueza global y en México, el 1% posee el 41.2%.
En México, una buena prueba de lo anterior es que la transición democrática del 2000 no derivó en una alternativa al neoliberalismo, sino que lo profundizó. Habrá quienes objeten nuestro argumento a partir del triunfo de la izquierda electoral en 2018. Ciertamente, existen diferencias entre el gobierno de Morena y los anteriores de derecha, pero por eso mismo es indispensable hacer una crítica informada y responsable a la llamada Cuarta Transformación, como lo hemos hecho en fragua. Algunas valoraciones recurrentes que hemos expresado a lo largo del sexenio son las siguientes: 1) este gobierno no acabó con el neoliberalismo de raíz, sino que se restringió a debilitarlo en algunos ámbitos, así como a reforzarlo en otros; 2) el ala de neoliberal y oportunista de Morena se ha fortalecido al interior de su partido; 3) como OLEP hemos aceptado y defendido los avances de esa administración a favor de la clase trabajadora, por más pequeños que sean, pero también los hemos ubicado en su correcto sitio, señalando sus limitantes; 4) sostenemos que la mayor traba de esta izquierda electoral es que no se plantea terminar con el capitalismo.
La historia nos enseña que la democracia liberal burguesa, incluso cuando concede la victoria a sus actores más progresistas, fortalece eventualmente al capital a costa del proletariado. Así pues, la forma democrática de la burguesía es un obstáculo para la autodeterminación y emancipación de los pueblos, para la consecución de una vida digna y hasta para la supervivencia de las clases explotadas.

LA DEMOCRACIA POPULAR COMO ALTERNATIVA
La democracia en su sentido más general y abstracto es la participación colectiva en la toma de decisiones y en su ejecución en todos los ámbitos de la vida. Pero la democracia abstracta no existe, sino sólo sus formas históricas y concretas, y para entenderlas es indispensable preguntarse quiénes ejercen determinada democracia, en favor o detrimento de qué intereses, en qué espacios, con qué reglas, con qué periodicidad, etc. La división de clases atraviesa la democracia y, por tanto, la democracia burguesa no sólo será distinta a una democracia proletaria, sino que se opondrán en abierta contradicción.
Aunque la democracia burguesa desestime, obstaculice o en el peor de los casos aniquile las formas democráticas populares, éstas existen. Históricamente, millones de seres humanos han luchado por hacer realidad una democracia que beneficie en los hechos a las mayorías del pueblo y han nombrado a sus logros organizativos concretos de distintas formas: democracia revolucionaria, proletaria, obrera, popular, nueva democracia, de ciclo completo, comunitaria, radical, etcétera.
Todo este acervo popular de democracias nos permite concluir: 1) que no existe la democracia abstracta, sino diversas formas históricas concretas, en constante construcción y determinadas fundamentalmente por su carácter de clase; 2) que debemos aprender de las alternativas democráticas reales que han creado los pueblos en lucha con el fin de mejorarlas y construir nuestra propia democracia, una que sea viable en nuestro contexto y que sirva a los intereses y aspiraciones del pueblo mexicano.
En la Organización de Lucha por la Emancipación Popular llamamos a esa alternativa democracia popular. Pugnamos, como declara el primer punto de nuestro Programa Mínimo de Lucha, por alcanzarla por vía de la organización independiente y proletaria. Queremos un gobierno popular que represente en los hechos nuestros intereses. Además, construimos esa democracia del pueblo desde hoy mismo, en el seno de nuestra organización —así como también otras organizaciones hermanas lo hacen— e invitamos permanentemente a todo el pueblo mexicano, del que somos parte, a hacerlo con nosotros.
En suma, entendemos por democracia popular a la forma más amplia de la democracia, necesariamente enarbolada por las clases trabajadoras para su beneficio, con independencia política económica e ideológica de la burguesía y del Estado, y con aplicabilidad en todos los ámbitos de nuestra vida según los siguientes principios:
La democracia popular…
Es del pueblo. Entendemos por pueblo, de acuerdo con Lenin, al proletariado, los campesinos y a la parte de la pequeña burguesía que se posiciona a favor de los dos primeros. Para ejercer la democracia popular en su beneficio, el pueblo debe mantenerse independiente en lo político, económico e ideológico de la clase burguesa, de sus organizaciones y de su Estado.
Crea sus propias formas organizativas, que bien pueden estar ligadas a los centros de trabajo, a demarcaciones territoriales, a prácticas culturales o a cualquier otro centro de vida del pueblo; por ejemplo, colectivos, asociaciones, comités y sindicatos, entre muchas otras. En ese sentido, no se construye desde arriba, sino desde abajo, en los ámbitos de vida del pueblo, y aspirando a consolidar el conjunto de estas formas organizativas como gobierno popular.
Es revolucionaria porque entiende la necesidad de las clases trabajadoras de combatir la injusticia del capitalismo. Por lo tanto, se declara antineoliberal, antiimperialista, anticapitalista y socialista, según el nivel de conciencia de cada espacio político, lo cual exige asumir la tarea perenne de elevar la conciencia política de las masas.
Es propositiva, activa, combativa y permanente; es decir que incide en la vida pública con propuestas políticas, económicas e ideológicas; se mantiene activa empleando combativamente la diversidad de las formas de lucha de las masas, y aspira a ser permanente.
Es colectiva porque se ejerce desde y para una colectividad popular organizada. No es individualista, pero no omite el cuidado y desarrollo de la persona, pues entiende la relación individuo-colectividad de un modo distinto: la más alta misión de la colectividad, el principio básico de su vida, es la preocupación por el individuo (A. Makárenko).
Es directa y participativa en tanto que prescinde de la representatividad de la democracia liberal. En cambio, promueve la discusión, decisión, aplicación y revisión permanente de medidas políticas y económicas por parte del pueblo.
Suscribe el mandato imperativo con revocación. Contrario a la representatividad de la democracia liberal, permite y facilita la supervisión continua de cualquier cargo y acepta su revocación como facultad permanente en caso de incumplimiento del mandato colectivo o de cualquier otro motivo justificable.
Es formativa en todos sus espacios y conforme a sus posibilidades. No renuncia jamás a la educación del pueblo. Aspiramos a formarnos en lo político, lo económico, lo ideológico, lo profesional-técnico, lo cultural, lo conductual, lo sentimental, etcétera.
Defiende los avances democráticos y lucha por ampliarlos. Nos referimos a conquistas democráticas en materia de garantías, libertades y derechos humanos, siempre y cuando beneficien al pueblo. La democracia popular también lucha por ampliar estos avances o por hacerlos valer en caso de que no se cumplan en los hechos.
Suprime diferencias de sexo, preferencia sexual, religión, raza y nacionalidad. Rechaza estas diferencias puesto que ninguna de ellas es determinante para ser parte del pueblo. El único criterio en franca contraposición con la democracia popular es de clase: la democracia popular no puede servir a los intereses de la burguesía.
Como OLEP hemos logrado, con aciertos y errores, comenzar a construir nuestra propuesta democrática en el seno de la organización. Desde nuestra vivencia, sostenemos que la mejor forma para hacerlo es por medio de los principios del materialismo histórico, del marxismo-leninismo y del centralismo democrático. Asumimos la tarea de difundir y aplicar estos principios en diferentes espacios, siempre por medio del diálogo y convenciendo al mostrar abiertamente nuestra metodología de trabajo. Reconocemos que el marxismo-leninismo no es la única expresión del pueblo organizado, pero ello no impide que otras formas organizativas populares puedan nutrirse de esta propuesta de democracia popular.
Consideramos que, más allá de refrendar una opción partidista, en las recientes votaciones el pueblo expresó algo más profundo y noble: su deseo por terminar de raíz con el neoliberalismo y su anhelo por vivir dignamente. Para conseguirlo es imprescindible aprender a vivir permanentemente en democracia y una propuesta concreta para hacerlo es la construcción de la democracia popular y con ella la construcción del socialismo.

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