Ilusión de un profesor de asignatura de la UNAM

Muchas veces la gente me pregunta a qué me dedico, cuando contesto que doy clases en la UNAM la gente suele reaccionar como si les hubiera dicho que soy dueña de una gran empresa, más gracioso aún es que muchos de los compañeros y compañeras como yo están convencidos de lo mismo.

En la UNAM, para 2021, se contaban un total de 42, 739 académicos, de ese total sólo 5, 835 son profesores de carrera (con plaza) y 2,733 investigadores de carrera; el resto que conforma el 80% de la población total de maestros o académicos son profesores de asignatura o bien ayudantes académicos. Ese 80% maquila clases a toda velocidad porque se le paga por hora impartida con un sueldo muy por debajo del promedio de costo de una hora de clase impartida por un profesional, con grupos que rebasan el límite sensato de 30- 35 alumnos y que pueden llegar a tener hasta 60 u 80 alumnos. No tenemos más que un contrato semestral por 5 meses y 29 días (para evitar generar antigüedad), podemos ser llamados o no a un nuevo contrato semestral, los horarios y clases que se nos dan pueden cambiar, reducirse o desaparecer cada semestre, no tenemos más que seguridad social y médica por esos 5 meses 29 días, si nos enfermamos en el periodo que está fuera del contrato no tendremos atención médica en el ISSSTE, pero sobre todo no contamos con ninguna clase de seguridad en el empleo. Durante la pandemia las malas condiciones en las que la mayor parte de los trabajadores académicos que soportan la Universidad se hicieron aún más evidentes ante el excesivo retraso en pagos, ante los despidos injustificados y ante una serie de descuentos en nuestros cheques. Algunos alzaron la voz bajo el #LAUNAMNOPAGA y hubo escuelas en donde estudiantes se solidarizaron, incluso se creó una asamblea de distintas escuelas y facultades de la UNAM.

La respuesta de las autoridades no tardó: poco a poco varios fueron despedidos porque “nadie se inscribió a sus materias” o simplemente no fueron llamados a firmar nuevo contrato semestral, el miedo se esparció por muchos lados… ¿quién querría quedarse sin trabajo en medio de la pandemia? ¡Nadie! Pero fue muy curioso notar que no sólo le tememos a quedarnos sin salario, en realidad tememos a perder nuestro flamante nombramiento de profesor de la UNAM que no trae nada más que un aparente prestigio que no aporta para que nuestras despensas estén completas ni pare tener un salario digno y bien remunerado. La UNAM inteligentemente ha esparcido por todos lados una ideología que nos convence de que vale la pena aguantar los malos tratos y la violencia laboral, el miedo a que nos “corran” de la UNAM y el miedo a dejar de percibir un cheque semanal de 1, 200- 1,300 pesos que nos obliga a buscar trabajos en otro horario.   ¿Cómo es que puede pasar esto? Es simple, a la cadena del salario, la UNAM impone una cadena falsa, imaginaria, pero poderosa sobre todos nosotros: la cadena del prestigio que está fuertemente atada al ego. ¿Cómo ha pasado esto?

Ha ocurrido en los largos años que hemos pasado estudiando, muchos en la misma UNAM, mientras nos convencían de que el trabajo intelectual es más importante que el manual: tememos como nadie a volvernos afanadores o taxistas, como si el trabajo digno de ser maestro estuviera muy por encima del trabajo digno de mantener limpios los espacios o de saber componer tuberías; ha pasado porque nos creímos que al ser doctores o maestros somos especiales, no hay nada que nos indigne más que saber que un comerciante gane más que nosotros y a veces parece que nos ofende más que haya otros trabajadores con condiciones dignas y no que las nuestras no lo sean. Porque nos han convencido de que al estudiar más y saber más merecemos movilidad social: el profesor de asignatura sueña con que podrá cambiarse de barrio, podrá tener casa, coche, dejar de usar el transporte público. Nos convencieron de que a nosotros eso no nos puede pasar, nunca nos importó que día a día otros trabajadores fueran perdiendo derechos, porque si no éramos nosotros no pasaba nada y cuando la precarización laboral se dejó sentir con más fuerza en la UNAM (pese a que no es tan fuerte como la que se vive en la mayoría de la población) nos desgarramos las vestiduras.  Hemos reproducido los modelos de sentirnos y actuar como si fuéramos más, incluso a veces a costa de la dignidad de nuestros alumnos, y hoy nos preguntamos ¿por qué a nadie le importa cómo nos tratan? ¿cómo se atreven si somos maestras de la UNAM?

Trabajamos en un lugar bonito y limpio, con gente que nos respeta ya sea porque nos lo merecemos o por miedo, los pasillos y las paredes de nuestros salones están lejos de la cotidianidad de esta ciudad en la que la mayor parte de la población cada vez sufre más y es más explotada. Nos hemos creído el cuento de que no somos trabajadores, somos académicos, somos importantes, sabemos mucho. Y de nada nos sirve. Los pequeños grupos aglutinados al calor del descontento de la pandemia se han vuelto espacios catárticos en donde seguimos quejándonos, y aguardamos esperanzados que llegue la solución mágica, que venga alguien que nos diga si luchan por lo justo les garantizo que van a ganar, que va a ser pronto, que no les va a costar y que no habrá riesgos; esperamos al valiente que no tema a poner su cuello en la guillotina para apoyarlo de palabra y recibir las ventajas en caso de que gane, pero renegar de él si comienzan a cortar cabezas, y como eso NUNCA pasará, seguimos quejándonos entre nosotros y bien dicen “mal de muchos…”

 Lentamente, sin darse cuenta, el profesor de asignatura de la UNAM sueña con no ser él o ella, sueña con que ha dejado de ser lo que es, esa sensación falsa de aparente desclasamiento es su mayor condena, sobre la cadena del salario de la que no escapa se ha impuesta otras cadenas poderosos e inexistentes: la fama, el reconocimiento, la autosatisfacción. Su patrón lo sabe y sabe que entre más ansíe no ser él, más fácil será explotarlo. Sueña con no ser él y ese sueño es su gran condena. Sólo el día que estemos dispuestos a romper esa cadena, sólo el día que dejemos de soñar que somos más, que somos especiales, que somos más importantes, nos daremos cuenta que somos trabajadores y trabajadoras como la mayor parte del pueblo de México, que tendremos que organizarnos, protegernos y ayudarnos entre nosotros, nos daremos cuenta que los trabajadores de fábricas de hace 100 años también tenían miedo, pero no se sentían especiales, y crearon cajas de ahorro previendo el despido de quienes luchaban, porque sabían que no eran especiales, eran tan imprescindibles como nosotros lo somos para la UNAM. De que se puede luchar, se puede, si usted está dispuesto a deshacerse de las falsas cadenas y a dejar de soñar con no ser usted, contacte a la UDITT, juntos podemos organizarnos y luchar por una vida digna no para personas especiales, sino para los trabajadores de la educación y del pueblo de México.

Contacto:
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