Precariedad laboral: fábrica de enajenación

DESDE EL INICIO DE LA PANDEMIA la tasa de desempleo se ha incrementado. Según datos del Instituto Nacional de Estadísticas y Geografía (Inegi) pasó de 3.5% en el tercer trimestre 2019 a 4.7% del primer trimestre del 2021 de la población económicamente activa; aunque esto pareciera alarmante, esta tasa de desempleo no es tan alta como las que se tienen registradas a partir del 2006, cuando la tasa de desempleo se mantuvo en 3.6% para llegar en el 2009 a 5.6% (la tasa más alta registrada hasta la fecha). Los años posteriores hasta el 2018 fue de un lento descenso.

Esto nos deja ver que, con o sin pandemia, el desempleo es un problema que lleva varios años aquejando a la clase trabajadora. Pero no sólo eso, también la informalidad laboral ha crecido (cabe mencionar que este dato no contempla a la población subcontratada), pues el Inegi registra que para el primer trimestre del 2020, 27.5% de los trabajadores se encontraba en la informalidad. Aunque tampoco es la cifra máxima registrada, la cual fue en 2013 en su tercer trimestre, marcando 29.3%. Actualmente de ese sector informal 56% está conformado por adolescentes de 15 años.

Esta conjunción entre la falta de trabajo y la informalidad laboral generan un escenario perfecto para la lucha entre hermanos de clase proletaria por mejorar sus condiciones laborales y de vida, pues, aun con todos los programas sociales, despensas y promesas de campaña, el problema no acaba de raíz, sólo hace que la disputa por el trabajo sea un poco más llevadera, como si se tratara de tomar paracetamol para curar el cáncer.

Pero ¿Por qué los trabajadores vivimos entre el desempleo, la informalidad, las malas condiciones de trabajo y los bajos salarios?

Nos explicamos y retomaremos algunas de las ideas escritas por Karl Marx en su libro Trabajo asalariado y capital, donde nos explica que, mientras vendamos nuestra fuerza de trabajo por un salario, somos parte de la clase proletaria y que, por tanto, quienes compran esa fuerza de trabajo son los dueños de los medios de producción (toda aquella infraestructura que funcione para la creación de mercancías), llamados burgueses.

Cuando nosotros cambiamos nuestra fuerza de trabajo por un salario, ponemos en disposición del burgués ocho, nueve, 12 o las horas que hayan sido pactadas, y realizaremos las tareas que éste nos encomiende, en las condiciones que sean, pues de manera “voluntaria” hemos aceptado la explotación.

Durante este proceso, el patrón siempre buscará la forma de acrecentar su ganancia y eso lo puede hacer gracias a la intensificación del trabajo: en una jornada de ocho horas producir lo que en 12 o aumentar la extensión de la misma, de ocho a 12 horas.

Esta búsqueda de incrementar las ganancias burguesas trae como consecuencia un ciclo donde las condiciones de trabajo serán “buenas” y malas.

En los momentos de crisis de sobreproducción se intensifican las malas condiciones laborales: la reducción del salario, el incremento de las horas de trabajo, las horas extras no pagadas, la ausencia de seguridad social, entre otras malas condiciones que tendrán que enfrentar los trabajadores aceptando el hecho de que no pueden perder el trabajo, resistiendo ese periodo a costa de sus propios hermanos de clase, si es preciso. Sin embargo, en estos momentos de crisis también se elevan los despidos masivos, por eso también aumenta el trabajo llamado informal: miles de trabajadores se ven en la necesidad de ir a la calle a vender algo para sacar unos pesos y poder sobrevivir.

En el caso inverso, cuando los capitalistas necesitan aumentar su producción, por ejemplo de vacunas contra el coronavirus y de todo lo necesario para aplicarlas y enfrentar la enfermedad, hay contratación masiva en las empresas que así lo requieran, pero esto no quiere decir que las condiciones de trabajo mejoren automáticamente, pueden incluso mantener las condiciones de trabajo de los tiempos de crisis o, en el mejor de los casos, mejorar en algo las condiciones laborales: subir salarios, las prestaciones, los ascensos, etcétera.

Este proceso se ha repetido numerosas veces, obligando al proletariado a buscar de manera desesperada una mejora en sus condiciones de vida como clase: trabajando horas extras, consiguiendo otro empleo o buscando ser un pequeño propietario (un pequeñoburgués) de algún puesto o comercio. Pero esto no para el ciclo que seguirá generando malas condiciones laborales.

Las relaciones de producción en el capitalismo son de la explotación del hombre por el hombre. Como bien había dicho Karl Marx: “No es la conciencia del hombre la que determina su ser, sino, por el contrario, el ser social es lo que determina su conciencia”, lo que nos deja ver que, si la forma en la que nos relacionamos en el trabajo es producto de la explotación, replicaremos estas ideas en la cotidianidad: relaciones de sometimiento, de egoísmo, de desconfianza e, incluso, normalizamos esas ideas producto de las relaciones laborales que estamos obligados a establecer con los burgueses y entre nuestros hermanos de clase dentro de la fábrica y creemos que así debemos comportarnos en todo lugar, en todo momento, y que esta realidad jamás cambiará, pues el mundo es así y no hay forma de que sea diferente.

La única manera en que las malas condiciones laborales dejarán de existir es luchar por mejorarlas en primer lugar, pero esa lucha debe de seguir hasta la destrucción del sistema capitalista, es decir, debe seguir hasta que los burgueses no sean dueños de las fábricas, sino todos los obreros, sí, por loco o increíble que suene esta verdad.

Sólo de esta manera, cuando la clase proletaria y las clases oprimidas sean dueñas de las fábricas y de todos los medios de producción, lograremos que las relaciones de producción no sean de explotación, sino de solidaridad y ayuda mutua.

Es por ello que les invitamos luchar y a organizarnos para poder llevar acabo esta transformación popular, pues el pueblo es consciente de sus necesidades y de cómo satisfacerlas.

¡Contra el despojo, la represión y la explotación;

resistencia, organización y lucha por el socialismo!

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