Romper el pacto

En el contexto de las próximas elecciones intermedias se ha desatado un conflicto que refleja uno de los problemas sociales que más afectan a nuestro pueblo, la violencia hacia la mujer.

Una de las consignas que han figurado es “Presidente, rompa el pacto”, y tal vez usted, como nosotras, se pregunte a qué pacto se refieren. El “pacto patriarcal” es un término que nació hace relativamente pocos años y que intenta explicar el por qué las mujeres vivimos condiciones de violencia, injusticia y miseria. Aunque existen diferentes definiciones, la mayoría coinciden en que este pacto radica en “un sistema de estructuras sociales interrelacionadas a través de las cuales los hombres explotan a las mujeres”, y por el cual se siguen minimizando las denuncias de violencia sexual hacia las mujeres, además de que permite, mediante una colaboración interclasista, que los hombres sean cómplices entre sí con el objetivo de beneficiarse y sostener el sistema que les brinda ventajas con respecto a las mujeres. En pocas palabras, es un pacto de complicidad entre hombres burgueses y proletarios para que, aunque sean testigos o partícipes de algún tipo de violencia hacia la mujer, guarden silencio con el objetivo de no perder el lugar de poder del que gozan.

El problema de esta definición es que no considera que no es lo mismo ser un hombre proletario que un hombre burgués. No es lo mismo que un trabajador golpeé a su esposa, hija o hijo por la propia violencia que le impone la burguesía y a la que se enfrenta a diario la clase trabajadora, que un burgués los golpeé porque desquite su ira personal. Esto no significa que debamos ser complacientes o tolerantes con la violencia que ejerce el proletario. Al contrario, significa que debemos encontrar su causa y luchar contra ella.

El hartazgo y vuelco social que han causado las acusaciones hacia Félix Salgado Macedonio por abuso y violación sexual, son comprensibles dada la situación de desigualdad, injusticia y violencia que hemos sufrido las mujeres trabajadoras a lo largo de la historia. Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (cepal), de las poco más de 329 millones de mujeres proletarias que vivimos en esta región, al menos 110 millones se encuentran en pobreza; 54% se ocupan en empleos precarios, por lo que no cuentan con seguridad social ni estabilidad laboral, y ganan 28% menos que los hombres. Además, alrededor del 29.4% no tiene un ingreso propio, lo que significa que casi un tercio de las mujeres de la región son dependientes económicamente.

Por su parte, según la Organización Internacional del Trabajo (oit), 78.4% de las mujeres trabajadoras en esta región son cabezas de familia en hogares monoparentales, por lo que asumen las responsabilidades económicas y de cuidado. Además, tienen a su cargo 76.2% de todas las horas de trabajo de cuidado no remunerado (más del triple que los hombres), y desempeñan doble o tripe jornada laboral. Por último, según la Organización de Naciones Unidas (onu), alrededor de 243 millones de mujeres han padecido violencia sexual o física por parte de su pareja, sólo durante el 2020.

Con respecto a México, según el “Informe de Violencia contra Mujeres”, del Gobierno federal, entre marzo y mayo de 2020 se registraron 51,798 carpetas de investigación por delitos contra la mujer; según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi), 69.3% de mujeres que viven en áreas urbanas han experimentado violencia, entre las que destacan el abuso sexual (42.6%) y la violación (38.7%); mientras que la Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (endireh), destaca que 66 de cada 100 mujeres han sufrido al menos un incidente de violencia de género.

Y como muchas de nuestras lectoras viven en carne propia, la pandemia agudizó estas cifras. Según la Red Nacional de Refugios (rnr), durante el 2020 hubo un incremento de 300% en los rescates realizados por la rnr, principalmente en la Ciudad de México, el Estado de México y Puebla, lo que significa que cada hora una mujer pidió ayuda.

Aunque parezcan tediosas, estas cifras oficiales se resumen en que en nuestro país se cometen 10 feminicidios diarios, principalmente en Guanajuato, Chihuahua, Estado de México, Baja California, Michoacán y Guerrero.

En esta situación lo más normal es que existan miles de respuestas por parte de las mujeres que intentan resistir y luchar contra la monstruosidad que nos acecha día tras día. Sin embargo, las diferentes respuestas expresan diferentes intereses de clase que en ocasiones es difícil dilucidar.

Estos datos relacionados con la desigualdad económica y laboral, y con la violencia, son una prueba de que los responsables de esta situación son la burguesía y los gobiernos que la representan, pues en el capitalismo ellos están encargados en teoría de garantizar, en primer lugar, puestos de trabajo dignos, con salarios justos y seguridad social, que nos permitan tener tiempo libre para la recreación, para la correcta educación de nuestros hijos y para desarrollarnos en diversos ámbitos, no sólo el profesional; en segundo, de utilizar nuestros impuestos para construir infraestructura que garantice una igualdad social, por ejemplo, asilos gratuitos y dignos para las personas adultas o personas con alguna discapacidad, guarderías dignas y gratuitas para los hijos de los proletarios, espacios deportivos con buenas instalaciones y gratuitos, entre otros, y tercero, porque son sus autoridades las responsables de impartir justicia, castigar a los agresores de las mujeres y no dejar ningún caso en la impunidad.

Sin embargo, es la clase burguesa, compuesta de hombres y mujeres, quienes con dolo y conciencia fomentan la descomposición social, la violencia y la miseria, pues de esta manera desarticulan al pueblo organizado y allanan el camino para seguir explotándolo.

Las condiciones de violencia, impunidad y miseria en las que que vivimos las mujeres proletarias en nada se asemejan a la vida que llevan las mujeres de la burguesía. Por esta razón, incluso en la manera en la que nos defendemos ante la violencia que se ejerce contra la mujer existe un matiz de clase.

En este sentido, parte del feminismo burgués y pequeñoburgués actual asume que no importa de qué clase social provengan las mujeres (burguesas o proletarias), lo que importa es que nos unamos contra los hombres, pues ellos son quienes nos violentan. Ante esta postura nosotras nos oponemos y nos preguntamos: ¿es posible un movimiento unitario de mujeres en una sociedad basada en las contradicciones de clase? No. El mundo de las mujeres está dividido en dos: burguesas y proletarias.

Aunque el movimiento unitario luche por la “liberación de la mujer”, consideramos que la “mujer” no es un ente abstracto, pues no es lo mismo tener que trabajar 10, 12 o hasta 14 horas diarias, cuidar a los hijos o abuelos, realizar las labores del hogar y soportar las humillaciones diarias del entorno y la violencia de las calles; que ser un mujer heredera de miles de millones de pesos, ocupada en sus negocios, en qué ropa vestirá cada día o en cómo lidiar con la violencia particular de su novio o esposo, y que se sirve y explota a otras mujeres, ya sea contratándolas como sirvientas o en sus empresas.

Esto significa que el movimiento de mujeres proletarias y el de mujeres burguesas tienen objetivos y tareas distintas. Aunque de manera inmediata coincidan las tareas —por ejemplo, el caso de Macedonio Salgado, pues una parte de la pequeña burguesía no está dispuesta a aceptar que un violador sea gobernador, así como tampoco las mujeres proletarias—, los objetivos finales son distintos, pues están determinados por la dirección de clase del movimiento en su conjunto y por las estrategias que se llevarán a cabo para construir el camino por la verdadera emancipación de la “mujer”.

Mientras que las feministas burguesas o pequeñoburguesas ven la igualdad legal de derechos como un fin —por ejemplo, que una mujer gane el mismo salario que un hombre o que tengan las mismas oportunidades para desempeñar un puesto político—, las socialistas y demócratas consecuenteslo vemos como un medio para seguir construyendo el camino hacia una sociedad en la que no exista la división de clases. Es importante hacer una pausa aquí. No significa que las socialistas rechacemos todas las demandas que las feministas pequeñoburguesas enarbolan; al contrario, para nosotras, las socialistas, la igualdad formal significa mejoras parciales en la vida de las mujeres, pero al mismo tiempo significa compartir con nuestros compañeros proletarios la desigualdad: le aseguro que ni a usted ni a mí nos perdonarán los impuestos ni nos hemos visto beneficiadas por la venta de las industrias nacionales.

Las feministas burguesas ven a los hombres como sus enemigos, ya que en una sociedad divida en clases, ellos se han apropiado injustamente de todos los derechos de explotación y propiedad privada sobre los medios de producción para sí mismos, dejando a las mujeres cadenas y obligaciones, por lo que cuando esos derechos, en el marco de la sociedad capitalista, los ejerce una mujer, se termina la lucha. Sin embargo, las socialistas vemos a los hombres como nuestros compañeros, quienes comparten las mismas condiciones de clase —la desigualdad y la miseria—, de las cuales la única culpable es la clase burguesa, compuesta por hombres y mujeres; vemos a los hombres como nuestros compañeros junto con quienes debemos reeducarnos mediante la colectividad, único espacio en el que la mujer puede desenvolverse en todos los sentidos.

El feminismo burgués nos dice además que las problemáticas femeninas son ajenas a las organizaciones políticas marxistas-leninistas, olvidando que todas las mejoras que las mujeres tenemos actualmente son fruto de la lucha del proletariado organizado; de las organizaciones que supieron determinar las tareas y los objetivos de la lucha por la mejora de las condiciones de vida de la mujer en una sociedad dividida en clases; de las organizaciones, construidas por hombres y mujeres, que mediante la colectividad, la disciplina, la crítica, la autocrítica, el centralismo democrático y el trabajo popular, se convierten en el espacio concreto para realizarnos como seres humanos independientes, conscientes, autodeterminadas y maduras emocional y políticamente.

En este contexto, las agrupaciones feministas burguesas y pequeñoburguesas y sus voceros en los medios de comunicación llaman a “romper el pacto”, pero ¿qué significaría esto en los hechos? El pacto lo sostiene una sociedad de clases que permite la explotación de la clase proletaria y las políticas laborales que desfavorecen a todos los trabajadores y, cuando así lo necesita, a las mujeres en particular. Romper el pacto en este momento significaría expropiar a la burguesía de los grandes medios de producción, para que dejen de apropiarse de la riqueza generada socialmente; significaría que los Salinas Pliego, las Aramburuzabala, los Germán Larrea, los Alejandro Ramírez, los Carlos Slim, regresen al pueblo todo lo que le han robado en las últimas décadas mediante compras, a precios humillantes, de los bienes y la infraestructura de la nación; significaría que la burguesía dejara de despojarnos de lo que es nuestro, a través de la violencia: la tierra, las fábricas, la infraestructura, el producto de nuestro trabajo, y dejara de utilizar la violencia para asegurar sus intereses: guerra, terrorismo, narcotráfico, trata de personas, prostitución, acoso laboral, salarios de hambre y miseria en nuestras condiciones de vida.

Ni usted ni yo negamos que las condiciones en las que vivimos son insoportables: asesinatos, acoso, miedo, devaluación, miseria, frustración. Sin embargo, la invitamos, lo invitamos, a luchar contra el monstruo insaciable que mantiene este sistema de injusticia y violencia, la burguesía: la verdadera responsable de nuestras condiciones. La y lo invitamos a organizarse junto con nosotros; a exigir que pare la impunidad que ampara todos los crímenes contra nuestras hermanas y hermanos proletarios; a luchar por un país en el que los trabajadores decidamos para qué se utiliza el producto de nuestro trabajo, nuestros impuestos, y en el que construyamos un modo de vida más digno y solidario, el socialismo.

La y lo invitamos a abrazar nuestro programa mínimo de lucha con la conciencia de que sólo la mejora de las condiciones de todo el proletariado significará la mejora de las condiciones de vida de las mujeres trabajadoras.

¡Por la mujer trabajadora, resistencia, organización y lucha por el socialismo!

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3 comentarios en "Romper el pacto"

  • el 20 marzo, 2021 a las 8:15 pm
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    El pacto patriarcal es algo que ha existido desde hace mucho tiempo, sin embargo no teníamos la consciencia de ello.
    Es importante que estemos bien informadas al respecto y que la lucha siga, es terrible que las mujeres además de ser más explotadas, ganen menos y no tengan derecho a ciertos sectores como la salud, así como no tener acceso a puestos importantes y mejor pagados, en algunos casos inclusive nisiquiera tener acceso a la educación.

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  • el 24 marzo, 2021 a las 7:32 am
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    Gracias por este texto! Es importante señalar que somos un equipo (mujeres y hombres) luchando por un bien común, no caer en distracciones que solo se enfocan en dividir y que no nos permite ver al verdadero causante de muchísimos problemas que venimos arrastrando.

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  • el 31 marzo, 2021 a las 2:32 am
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    Conciencia de clase. Es este concepto, que pareciera tan difícil de analizar lo que muchas veces hace falta. Me parece genial que podamos vislumbrar su aparición poco a poco en la lucha feminista, y este texto me parece lo tiene muy presente. Creo que es muy nutritivo el poder ver las diferencias sociales y económicas tan marcadas que una mujer burguesa tiene en comparación con la mujer proletaria. un pequeño recordatorio para todes:
    En su definición de las clases sociales mexicanas, empieza con la denominada clase “Baja-Baja” en la que se ubica 35% de la población del país (alrededor de 39 millones).
    Según la pirámide socioeconómica del gobierno, por encima de este sector se encuentra la segunda clase social: la “Baja-Alta”, que representa la “fuerza física de la sociedad al realizar arduos trabajos a cambio de un ingreso ligeramente superior al sueldo mínimo. Representa 25% de la población (29 millones) y está conformada por obreros y campesinos.
    La tercer clase social, de acuerdo con la Secretaria de Economía, es la “Media- Baja” formada por oficinistas, técnicos, supervisores y artesanos calificados. La principal característica de esta clase es que sus ingresos “no son muy sustanciosos pero sí estables”, y estima que sea el 20% de la población nacional, cerca de 23 millones de personas.
    El cuarto estrato social es la clase “Media-Alta”, donde se ubica 14% de la población (16 millones de mexicanos) incluye a la mayoría de hombres de negocios y profesionales que han triunfado y que por lo general constan de buenos y estables ingresos económicos.
    La quinta clase es la “Alta- Baja”, integrada por “familias que son ricas de pocas generaciones atrás”. Sus ingresos económicos son cuantiosos y muy estables. Se estima que sea aproximadamente el 5% de la población nacional, alrededor de 5.6 millones de personas.
    Por último, en lo alto de la pirámide socioeconómica está la clase “Alta-Alta”, compuesta por “antiguas familias ricas que durante varias generaciones han sido prominentes”. De acuerdo con la Secretaría de Economía la fortuna de estas familias es tan añeja “que se ha olvidado cuándo y cómo la obtuvieron”. Se estima que sea aproximadamente 1% de la población nacional, 1.1 millones de mexicanos.

    https://www.forbes.com.mx/a-cual-clase-social-perteneces-segun-la-se/#:~:text=De%20acuerdo%20con%20la%20Secretaria,organismo%20que%20respalden%20su%20definici%C3%B3n.

    Así que como podemos darnos cuenta la diferencia es abismal y por lo tanto creo que las diferencias en las agendas de las diferentes clases sociales mexicanas también, se puede esperar, sean abismales.
    Muchas gracias por este texto y les deseo mucho éxito y propaganda.

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