Rubén Jaramillo, un profeta olvidado

En el camino de la revolución

“Y sepan que por la causa de los pobres
ando en esta montaña, despreciando mejores
prebendas que las ofrecidas por ustedes, y no
estoy dispuesto a cambiar mi reputación de
campesino y de revolucionario por ninguna
dádiva mezquina que signifique un acto de
traición a las gentes pobres de mi pueblo.”

Rubén Jaramillo, discurso en 1938

Memoria y olvido se hacen presentes. Las nuevas generaciones consideran que la Revolución mexicana construyó uno de los proyectos políticos y sociales que estructuraron el siglo XX e intentan continuar sus impulsos en el presente, sin embargo, la ven también como algo nebuloso y alejado, a lo que no pertenecen. Un pasado popular de la lucha agraria que ha retomado varias facetas, incluida la que vamos a narrar.

La lucha zapatista en el estado de Morelos incorporó al campesinado en una de las revoluciones más destacada del siglo. Ahí vivió un niño combatiente que desde los 14 años sintió deseos de luchar por lo esencial: la tierra y la comunidad. Creció, al igual que otros niños animosos, acompañando a las gavillas de hombres, encargándose de los caballos, trabajando como peón de hacienda. Después, fue preso y se convirtió en hombre de armas. Esa es la historia de Rubén Jaramillo, defensor del Plan de Ayala, custodio de la lucha por la tierra, impulsor de la propiedad ejidal y combatiente por la reforma agraria.

Sombríos tiempos los de la década de 1960 del siglo xx mexicano: país semifeudal, con un atraso agrario que conservaba los intereses y privilegios de los grandes propietarios de la tierra. En el mundo de Rulfo, en Comala, está el pasado agrario mexicano, con olores a campo hacinado y polvoriento, con atardeceres rojizos que pintan el tiempo adormecido, ese de los pueblos de Morelos que conservan aún el recuerdo del pasado zapatista, de su lucha y sus demandas agrarias, antes del proceso de industrialización y expulsión de la mano de obra a la gran ciudad monstruo.

El movimiento jaramillista fue producto de la defensa del agrarismo popular y estuvo encarnado por una comunidad armada que llevó como bandera el programa de “Tierra y Libertad” desde el Tepozteco hasta los rumbos de las montañas cobijadas por el agua de los volcanes en un clima semitropical. En 1943, Rubén Jaramillo promulgó el Plan de Cerro Prieto que combinaba el Plan de Ayala y la Constitución.

El movimiento jaramillista fue producto de la defensa del agrarismo popular y estuvo encarnado por una comunidad armada que llevó como bandera el programa de “Tierra y Libertad” desde el Tepozteco hasta los rumbos de las montañas cobijadas por el agua de los volcanes en un clima semitropical. En 1943, Rubén Jaramillo promulgó el Plan de Cerro Prieto que combinaba el Plan de Ayala y la Constitución. Como parte de su lucha política, participó en proyectos agrarios y logró la construcción del ingenio azucarero en Zacatepec. Además, apoyó al gobierno cardenista, pues una parte del movimiento social consideraba que éste era una expresión de la izquierda agraria radical. En 1943 fundó el Partido Agrario Obrero de Morelos (paom), que apoyó la candidatura de Miguel Henríquez Guzmán para gobernar Morelos, y puso en jaque a los caciques de ese estado.

A pesar de su cercanía e interlocución con el poder presidencial, —se reunió con los presidentes Cárdenas y Ávila Camacho durante la construcción del presidencialismo—, en 1960 fue electo presidente de la Liga de las Comunidades Agrarias, debido a su participación en la defensa de las tierras de Puente de Ixtla, Morelos, ante el embate de los propietarios de balnearios, que han caracterizado el desarrollo del turismo de ese estado. Desde 1940 hasta 1962 enarboló una serie de levantamientos y acciones agraristas.

El 23 de mayo de 1962, militares y agentes buscaron a Rubén Jaramillo en su vivienda en Tlaquitenango, Morelos, acusado de tráfico de droga. El dirigente, su esposa y sus tres hijos fueron acribillados cerca de las ruinas de Xochicalco. En el periódico El Universal apareció: “Jaramillo muerto al tratar de huir”, así los medios presentaron a Jaramillo según la versión de los caciques: como un gavillero y delincuente serrano que recibió su escarmiento, y ocultaron su historia y sus logros. Su muerte fue uno de los asesinatos políticos más sanguinarios de esos años, en los que Ávila Camacho abrió la puerta a la Guerra Fría, pues ahora se sabe que hubo participación de la cia —del imperialismo gringo—en este hecho, ya que se temía la influencia de la Revolución cubana.

Memoria y olvido. Aunque la historia la hacen los vencedores, el pueblo busca esclarecer y recuperar estas historias de lucha, y revisar y estudiar este movimiento, acallado por la sangre y represión de un Estado autoritario.

Dice una poesía popular:

Mataron a Jaramillo,

el defensor de los pobres,

un montón de hijos de perra,

 carabinas y uniformes.

Pa’ que aprendan campesinos

a confiar en la palabra,

oigan como la justicia

 luego les voltea la espalda.

 A los cinco Jaramillos

 los llenaron de metralla,

 ellos pidieron la tierra,

les dieron tiro de gracia.

Actualmente, cerca de seis millones de campesinos viven en crisis, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (inegi), por lo que las enseñanzas del movimiento jaramillista nos deben ayudar a afrontar el carácter de clase conciliador de la calaña política actual: partidosv políticos en los que se diluyen las propuestas revolucionarias de los pueblos durante las campañas electorales. Ante este circo electoral, la figura de Jaramillo se yergue firme, ecuánime y valerosa, mostrando su propuesta agraria: la tierra es de quien la trabaja y la propiedad comunitaria debe implantarse en el campo.

El oportunismo de los sectores de la burguesía terrateniente en contubernio con el gran capital busca imponer sus proyectos de muerte, a legislar el uso y explotación de la tierra y sus recursos en beneficio de la explotación empresarial y trasnacional. El modelo capitalista neoliberal de acumulación sigue presente, los megaproyectos en el sur y sureste abren la puerta a las grandes inversiones en el campo, a la explotación, al saqueo y al despojo, mientras que ciernen su sombra sobre el campo.

En el punto 2 de nuestro Programa Mínimo de Lucha exigimos la recuperación de la soberanía nacional y el control por parte del gobierno de nuestros recursos naturales para beneficio del pueblo y, en el punto 11, la abrogación de las reformas neoliberales realizadas desde 1982, pues sabemos que sólo así haremos justicia por Jaramillo y por los miles de trabajadores campesinos que han dejado su vida en la lucha por un presente más justo y por un futuro socialista.

Vuela palomita sobre el campo mexicano, contempla la tierra, el sudor de los trabajadores en su frente y cuerpo, avisa que Jaramillo apunta hacia el nuevo horizonte, donde viviremos en un campo sin explotación, sin pobreza y sin despojo.

¡Luchar con dignidad, con el pueblo

organizado, luchar hasta vencer!

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