ArtículosFragua#114Testimonio proletario

Testimonio de una noche sin seguridad social

Testimonio

hola, escribo para contar que hace unos días mi hija de 15 años se sintió mal y comenzó con vómito y diarrea, dolor abdominal y náuseas. De un momento a otro se desvaneció y no reaccionaba. Me asusté mucho, obviamente, y la llevamos a un hospital, al Luis Cabrera en la Ciudad de México, hospital que es público.

Yo no tengo seguro médico y soy madre soltera. Mi hermana me acompañó en toda esta monserga. Llegamos al hospital y me bajé del coche para decirles lo que pasaba y que por favor me ayudaran. No la quisieron atender porque es menor de edad y pues no la pueden atender ahí: “se la va a tener que llevar a otro”, nos dijo la doctora y yo “¿a dónde?” Y ella respondió: “No sé, a otro”.

Volví a cargar a mi niña desmayada y la llevé a una clínica de monjas cerca de mi casa. Me bajé y les pedí que me ayudaran. Salió un doctor y tomó sus signos vitales: “El pulso está muy débil y la presión muy baja, pero no la podemos atender aquí porque no podemos hacerle estudios hasta mañana en la mañana. A la vuelta hay otra clínica, llévela ahí, ahí sí tienen todo”. Con mucha frustración y desesperación nos fuimos al otro lugar donde recibimos una respuesta similar: “No la podemos atender aquí, no tenemos pediatra de urgencias. Llévela a la clínica San Ángel Inn ahí sí tienen todo”.

Testimonio Proletario

Nuevamente con toda mi frustración tomé a mi hija y la llevé al lugar mencionado. Me bajé y les pedí ayuda: sí señora, me dijeron en la recepción. Sólo necesitamos un depósito de 10 mil pesos para poder atenderla” a lo que sólo respondí “Muchas gracias, no tengo esa cantidad”. Nuevamente tomé a mi hija y nos detuvimos a comprar un refresco y un suero y comencé a dárselo, tuvo una reacción muy leve y después comenzó a vomitar de nuevo y una patrulla se acercó para ver si necesitábamos algo, “un hospital” le dijo mi hermana. “Llévenla a Xoco” dijo el oficial “ahí sí la atienden, aunque sea menor de edad, atienden a todos”. Cerramos el coche y la llevamos, nos dejaron pasar directo a urgencias: “No tenemos ni camilleros ni sillas de ruedas, tendrá que traerla usted misma hasta acá”, eso ya era lo de menos. La llevé cargando hasta la sala de emergencias donde estaban todos los pacientes revueltos de todo tipo de emergencias.

Las enfermeras estaban sentadas en sillas en una isla al centro de la sala viendo los artículos del catálogo Mary Kay que otra les repartía completamente olvidadas de todo lo que pasaba a su alrededor. Después de un rato sin ningún tipo de atención me metí a la sala y le dije a cualquier doctor que me ayudara: “un momento”, dijo. “Hay mucha gente”. “Si, lo sé, pero mi hija está inconsciente”, respondí salió una doctora le dio un golpe en el pecho a mi hija y reaccionó, la doctora me dijo: “no está inconsciente, reacciona al dolor, vaya a registrarla mientras la atienden”. Me dirijo a la ventanilla y cuando el sujeto me pregunta su edad y le contesto 15 años me dijo: “¡No Señora! Este hospital es para adultos no la podemos atender aquí” y yo le dije: “pero la doctora me dijo que sí”. “Debe ser un error”, me contestó fríamente, “dé la vuelta por el otro lado y hable con la doctora”. Me dirijí para llá y la doctora ni siquiera salió. Con lágrimas en los ojos y desesperación cargué a mi hija y ya no sabía a dónde llevarla.

Mi hermana estaba igual que yo. Se nos acercó el vigilante del hospital y nos dijo: “aquí las van a atender, en una clínica privada cerca de aquí, pero tiene todo el equipo para emergencias”. Tomó el teléfono de mi hermana y puso la dirección. Pidiéndole a todas las deidades que conocemos nos dirigimos al lugar. Llegamos, traía a mi hija en brazos y mi hermana tocaba desesperadamente la puerta, de ahí salió una enfermera y nos dirige al primer piso. La recuesto sobre una camilla y comienzan a atenderla. Ya eran las dos de la mañana cuando por fin recibió atención médica.

Hoy fue mi historia, una historia como la de millones de personas que sufrimos en un sistema que nos trata como si no importáramos. Por eso, debemos luchar para que ningún niño se quede sin atención médica, para que la salud no sea una mercancía, para que la vida del pueblo importe. No somos cifras, somos personas y merecemos ser tratadas con dignidad.

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