Mirna Odet Paiz Cárcamo

Guatemala es un pequeño país con frontera con el sur de México y en donde durante la década de 1960 comenzó un proceso revolucionario de liberación nacional, cuyo objetivo era emancipar al pueblo campesino guatemalteco de los gobiernos lacayos impuestos por los Estados Unidos.

Al igual que en otros países latinoamericanos, en Guatemala se gestó un movimiento guerrillero, inspirado por la Revolución cubana y por las revoluciones de liberación africanas, el cual tuvo un crecimiento cualitativo, no sin sus contradicciones y sus traiciones, en el que uno de sus principales logros fue la incorporación de la mujer campesina a la lucha armada.

Mirna Odet Paiz Cárcamo nació en Guatemala el 2 de enero de 1941. Era hija de Julio César Paiz Pazos, militar que participó en la Revolución de Octubre, y de Clemencia Cárcamo Sandoval. Tuvo tres hermanas, Nora, Clemencia y Silvia, quienes, con excepción de ésta última, también se integraron muy jóvenes a la lucha revolucionaria en su país. En 1931 Guatemala estaba bajo la dictadura del general Jorge Ubico, un militar que llevaba 14 años gobernando bajo el apoyo incondicional de la compañía estadounidense United Fruit Company y otros grandes terratenientes nacionales y extranjeros. Ubico, quien se creía Napoleón y admiraba a Hitler, impuso un férreo control sobre los trabajadores a quienes despojó del derecho de sindicalizarse, cedió al ejército estadounidense parte del territorio para instalar bases militares y persiguió con saña a todos aquellos que manifestaban ideas democráticas, sobre todo a los comunistas.

En 1944 se desató una huelga general convocada por el magisterio nacional y por los estudiantes universitarios que obligó al general Ubico a renunciar formalmente el 1° de julio de ese año, sin embargo, dejó al frente del país a una junta conformada por tres generales incondicionales que prepararon una farsa electoral. Ante esto, civiles y oficiales del ejército se sublevaron, entre éstos el padre de Mirna. Este fue el inicio del proceso revolucionario guatemalteco, del genocidio realizado por el imperialismo y la burguesía que cobró la vida de más de 200 mil personas, un millón y medio de refugiados, 330 aldeas arrasadas y al menos 250 personas desplazadas internas.

El 20 de octubre del mismo año, 1944, se puso fin a la dictadura de Ubico y se instaló una Junta Revolucionaria, que abrió paso a la llamada Primavera Democrática Guatemalteca, cuando se convocó a un proceso electoral en el que ganó Juan José Arévalo Bermejo, quien tomó posesión en marzo de 1945. Este proceso democrático-burgués desembocó en la Constitución de 1945 que abolió las normas que establecían el trabajo obligatorio de los indígenas en las fincas; impulsó la educación pública; aumentó el salario a los maestros; otorgó autonomía a la Universidad; creó el Instituto Guatemalteco de Seguridad Social; estableció el Código de Trabajo que recogía sólo algunas de las principales demandas de los trabajadores, y promovió que el Estado se convirtiera en el pilar del desarrollo económico.

Tras el establecimiento de este gobierno socialdemócrata que buscaba impulsar libertades democráticas, pero a la disposición y para el impulso de la pequeña burguesía progresista, los grupos oligárquicos desencadenaron “un torbellino de complots (unos 30 en seis años), a tal punto que el presidente Arévalo [expulsó] al principal organizador, el embajador yanqui Richard C. Patterson”.

En 1949, después de un fallido intento de golpe de Estado, se anunció la candidatura a la presidencia del militar Jacobo Árbenz Guzmán. La propuesta fue impulsada por un frente que incluía, entre otros partidos, al Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT) —comunista de reciente formación—, así como por sindicatos obreros y campesinos. Árbenz triunfó y decretó una reforma agraria que entregó tierras no cultivadas a alrededor de 100 mil campesinos, incluidas las que estaban en manos de la empresa estadounidense United Fruit Company. Además, realizó una serie de reformas que procuraban la soberanía energética y en comunicaciones.

En este contexto, se evidenció un despertar en la vida pública de parte de la masa de trabajadores agrícolas y campesinos pobres organizados, así como una creciente importancia del PGT, pero también un auge de una nueva burguesía de empresarios y funcionarios, y una férrea oposición al gobierno por parte de la Iglesia católica.

A la par, en 1947 fue proclamada la “Doctrina Truman”, con la que el gobierno de Estados Unidos se autodesignó la tarea de evitar la “tiranía comunista” en el mundo, y sobre todo en América. Así, lo que estaba realizando el gobierno de Árbenz era demasiado; para Estados Unidos olía a comunismo, aunque no lo fuera. Por lo que, el entonces presidente estadounidense, Dwight D. Eisenhower, ordenó la operación encubierta “El Diablo” para derrocar a Árbenz, mediante una invasión militar y un golpe de Estado encabezados por el coronel Carlos Castillo Armas, quien estuvo al frente del llamado “ejército de liberación”. Como parte de esta operación se entrenaron tropas en Nicaragua y Honduras, y una finca propiedad de Anastasio Somoza les sirvió de base militar. Durante varios días Guatemala fue bombardeada y sobrevolada por aviones estadounidenses hasta que Árbenz renunció a la presidencia en junio de 1954 y Castillo Armas se alzó como jefe de una nueva junta militar que precedió al país. Armas revocó la Constitución de 1945, anuló las reformas democráticas, realizó una contrarreforma agraria que implicó el asesinato de al menos cinco mil campesinos y el desplazamiento de otros miles, y las personas analfabetas fueron vetadas del derecho al voto.

Estos recuerdos quedaron nítidamente grabados en la memoria de Mirna y, al igual que muchos guatemaltecos, la familia de Mirna fue perseguida; su padre fue encarcelado en varias ocasiones, mientras que su madre lo buscaba en distintos cuarteles, denunciando su detención.

El gobierno de Castillo Armas se caracterizó por su inestabilidad y en 1957 lo asesinaron. Después de varios presidentes provisionales, el general Miguel Ydígoras Fuentes, quien sirvió durante la dictadura de Ubico, asumió la presidencia en 1958. Bajo la supuesta consigna de “reconciliación nacional”, Ydígoras siguió apoyando de manera incondicional los planes que el gobierno de Estados Unidos tenía para Guatemala. Sin embargo, la esperanza abierta durante el periodo democrático de 1944 y el triunfo de la Revolución cubana gestaron nuevos ánimos en el pueblo guatemalteco.

En este contexto, se hicieron sentir diferentes huelgas desde 1957 hasta 1960. Paralelamente, el PGT se radicalizó, especialmente los jóvenes comunistas agrupados en la Juventud Patriótica del Trabajo (JPT), la cual desde el triunfo de la contrarrevolución pasó a la clandestinidad. En mayo de 1960 se realizó el III Congreso del PGT y en él se decidió realizar una revolución democrático-nacional y formar un gobierno revolucionario, democrático y patriótico, para lo cual se dispuso utilizar todas las formas de lucha.

Al mismo tiempo las contradicciones en el interior de las Fuerzas Armadas desembocaron en un alzamiento el 13 de noviembre, cuando, contrario a lo planeado, sólo 45 oficiales se sublevaron. Aunque este levantamiento fue sofocado por las tropas leales al gobierno, un grupo de los militares sublevados se refugiaron en Honduras, El Salvador y Costa Rica, y en marzo de 1961 regresaron clandestinamente a Guatemala para continuar combatiendo en contra del gobierno. Así nació el grupo que después se llamaría Movimiento Revolucionario 13 de Noviembre (MR-13), conformado, entre otros, por Alejandro de León, Luis Augusto Turcios Lima y Marco Antonio Yon Sosa. A partir de su regreso fueron frecuentes los enfrentamientos entre el MR-13 y el ejército. Con el objetivo de provocar un alzamiento militar que diera lugar a una guerra civil, contactaron al PGT, del que obtuvieron apoyo, pero no una total identificación, pues éste no buscaba provocar un alzamiento a corto plazo.

El gobierno intensificó la represión contra demócratas y revolucionarios, mientras que la derecha bombardeaba las zonas céntricas de la capital con el fin de crear un clima de inestabilidad e inseguridad política y social.

Después de un fraude electoral, en enero de 1962 el MR-13 ajustició al jefe de la policía secreta, quien había asesinado a Alejandro de León, y se trasladaron después al departamento de Izabal (zona de plantaciones bananeras), donde tomaron dos destacamentos militares y destruyeron instalaciones de la United Fruit Company. A raíz de estas acciones se reconocen a quienes dirigen a los alzados en armas: Yon Sosa y Turcios Lima, quien apenas tenía 20 años.

Unos días después, en febrero, el mr-13 toman la Radio Internacional y dan a conocer una proclama titulada “Quiénes somos, qué queremos y por qué luchamos”, en la que declaraban que el MR-13 estaba levantado en armas luchando como guerrilleros en las montañas, y llamaban al pueblo de Guatemala a ponerse de pie.

La respuesta del gobierno no se hizo esperar y decretó un estado de sitio. Al mismo tiempo, estalló el movimiento popular conocido como las Jornadas de Marzo y Abril de 1962, en las que cientos de jóvenes estudiantes encabezaron una huelga general, hubo enfrentamientos con la policía y exigieron la renuncia de Ydígoras. Al llamamiento de huelga se sumó el Frente Patriótico Revolucionario (FPR), ligado al MR-13, el Frente Unido del Estudiantado Guatemalteco Organizado (fuego) y otras organizaciones magisteriales y obreras.

A mediados de abril, la burguesía agrícola pidió la intervención directa del ejército y el general Ydígoras hizo un cambio en su gabinete, poniendo a militares en casi todos los ministerios. Así, con el país bajo la conducción del ejército, se generalizó la represión contra el movimiento popular. Fue en ese momento cuando para muchos guatemaltecos quedó claro que las puertas para el cambio estaban cerradas a cualquier vía institucional y éste fue el momento en el que el movimiento guerrillero comenzó a expandirse.

Así, surgió una pequeña organización que optó por la lucha armada llamada Movimiento 12 de abril, en la cual se incorporó la hermana de Mirna, Nora Paiz Cárcamo. Luego, entre marzo y abril, el MR-13 se trasladó a la ciudad con el objetivo de implantar dos frentes guerrilleros, el de la capital al mando de Turcios Lima, y el del campo dirigido por Yon Sosa.

Al mismo tiempo, el PGT decidió extender su agitación al campo y envió una columna guerrillera de 30 hombres a la montaña de Concuá, sin embargo, este destacamento fue derrocado por el ejército y murieron, entre otros jóvenes, Julio Roberto Cáceres (amigo del Che Guevara) y Carlos Toledo, dirigente del fuego, quien tenía una estrecha relación con el MR-13 y una estrecha amistad con Guillermo Paz Cárcamo, primo de Mirna.

De esta manera fue como Mirna conoció a varios de los que después serían sus compañeros de lucha en la montaña. Relata que días después del golpe dado por el ejército a la guerrilla de Concuá, la dirección del PGT le propuso viajar a Cuba para recibir entrenamiento. Mirna aceptó de inmediato y salió del país en compañía de Edgar Ibarra. Durante su estancia en Cuba, Mirna conoció al Che Guevara y vivió la crisis de los misiles, y cuando regresó a su país ya no pensaba en pronunciamientos, sino en la guerra de guerrillas.

Entre 1962 y 1963 los esfuerzos por articular la lucha armada cobraron una nueva dimensión y se crearon las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR), en la que confluyeron, entre otras organizaciones, el PGT y el MR-13, cuya dirección nombró como jefe militar a Marco Antonio Yon Sosa. El plan militar era el establecimiento de tres guerrillas al mano de los tres jefes del mr-13: Marco Antonio Yon Sosa, Luis Trejo y Luis Augusto Turcios Lima.

Los dos primeros frentes guerrilleros no fructificaron, pero el comandado por Turcios Lima logró asentarse en un frente en el sudoeste del país, aunque después comenzaron las exploraciones en la zona oriente.

Mirna no recuerda con exactitud en qué momento ella, su mamá y sus hermanas comenzaron a colaborar con la guerrilla, pero fue en 1963, cuando nuevamente, ante la posible llegada de Arévalo al país para ser postulado a la presidencia, el Ministro de Defensa decretó en marzo estadio de sitio, y se suspendió la Constitución y se disolvieron los partidos políticos existentes. En estas condiciones fue que doña Clemencia, madre de Mirna, dio cobijo en su casa a los principales dirigentes de la guerrilla. Lo más probable es que la condición de ser todas mujeres quienes habitaban la casa ofrecía alguna seguridad, pero es seguro también que la templanza, el compromiso y la firmeza de doña Clemencia y sus jóvenes hijas (Mirna de 21 años, Nora de 18, y Clemencia de 14) fue lo que llevó a los guerrilleros a buscar cobijo.

En un primer momento Mirna, quien adoptó el nombre de Rosa María, realizó sus primeras actividades guerrilleras, pero en el frente legal. “Nuestra participación (la de las mujeres) —afirma Mirna— era más bien de camuflaje, de ‘cobertura’ de los muchachos que hacían las acciones […] Otro aspecto […] era el de chequear a determinadas personas, controlar los movimientos y pasos de esbirros, jefes policiacos, altos jefes del ejército […] contra los que […] se pensaba llevar a cabo alguna acción”.

Paralelamente a las acciones guerrilleras en la ciudad encabezadas por las far, a lo largo de 1964 se implementó el Frente Guerrillero “Edgar Ibarra”. Este frente se asentó en la Sierra de las Minas y fue comandado por Turcios Lima. En varios textos, Lima explica que desde entonces se estableció una “suerte de división del trabajo militar y político” entre el PGT y las organizaciones armadas revolucionarias. Asimismo, señala que “el Partido debía desempeñar un papel motor en el montaje de un aparato político bautizado ‘Frente Unido de la Resistencia, en que estarían los antiguos partidarios de Arévalo y Árbenz. Las far serían el ‘brazo armado’ de ese frente”. Sin embargo, el frente político nunca llegó a implementarse y las far se quedaron solas, “se convirtieron en el cuerpo entero”.

El principal problema radicó en que la posición predominante dentro del PGT era impulsar una revolución democrático-nacional, así como la necesaria supremacía del aparato político por encima del brazo armado, las far, a las cuales colocaban en un papel secundario, de presión para una negociación política. Por otro lado, entre algunos integrantes, sobre todo los jóvenes de la JPT, se hablaba de la necesidad de una revolución socialista. Estas indefiniciones, más el actuar troskista de una fracción de las far, hicieron que los guerrilleros quedaran prácticamente aislados y actuaran de manera autónoma. Sin embargo, después de varias victorias en las tomas militares, la Guerrilla Edgar Ibarra (GEI) fijó su postura en octubre de 1964 en la que concluía que el carácter de la revolución en Guatemala debía ser el de una “revolución socialista —no democrático-nacional— como plantea el PGT” y sostuvo que, contrario a la perspectiva insurreccional troskista —que planteaba que para tomar el poder y construir el socialismo “era necesario avanzar de movimiento guerrillero a partido obrero”—, y que dado que “la base social fundamental de la lucha armada es el campesinado, aunque la dirección política le corresponde a la clase obrera”, el ámbito principal de la lucha era el campo. Así, el GEI sostuvo que “el carácter de la lucha armada en Guatemala [sería] prolongado” y debía analizarse y sistematizarse con base en “las líneas generales de la experiencia internacional conocida como ‘La Guerra del Pueblo’ con sus tres etapas fundamentales: defensiva estratégica, equilibrio de fuerzas y ofensiva general”.

Durante esta etapa, la GEI se dedicó a construir bases de apoyo entre los campesinos y las aldeas cercanas a la Sierra de las Minas. Sin embargo, aunque la organización de base empezó a crecer significativamente, las fuerzas del GEI se vieron debilitadas al punto de que sólo llegaron a ser siete los guerrilleros que estaban en la Sierra. Esto se debió, por un lado, al terror que el ejército cometía contra la población indígena y, por otro, a la falta de acuerdo entre el mando guerrillero y la dirección del movimiento revolucionario asentada en la capital del país. Así, en marzo de 1965 Turcios Lima presentó su renuncia al mr-13 e insistió en la necesidad de crear un mando centralizado para impulsar la lucha armada. Unos días después, en acuerdo con el PGT, se constituyeron las nuevas Fuerzas Armadas Rebeldes (segundas FAR), donde “se juntaban en plan de igualdad las juventudes del PGT, las ‘regionales’ de las far y la guerrilla Edgar Ibarra” y, atendiendo a la preocupación de Turcios Lima, se conformó el Centro Provisional de Dirección Revolucionaria (CPDR).

Sin embargo, las diferencias fueron insoldables y los núcleos directivos del PGT y de la JPT utilizaron ésa instancia para tratar de poner al movimiento guerrillero bajo su influencia, con el objetivo de tener un respaldo capaz de negociar con los partidos de la burguesía liberal y de la pequeña burguesía democrática.

A partir de ese momento, 1965, nuevos combatientes se integraron al GEI, entre ellos Mirna Paiz, “Rosa María”, de 23 años, la primera mujer que se incorporó a las filas guerrilleras en la montaña. En sus testimonios, Mirna relata sus preocupaciones causadas “no por la lucha en sí, por el temor a la muerte [sino] porque sentía gran responsabilidad que significaba ser la primera mujer en la guerrilla, lo que se esperaba de mí, y me preguntaba una y otra vez si sería capaz de cumplir […] el compromiso adquirido con todos los compañeros y con la Revolución”. Pero la incorporación de Mirna a la guerrilla no sólo fue un reto para ella, sino también para los combatientes de la guerrilla, pues hasta esa fecha estaba conformada exclusivamente por hombres.

Entre otras consecuencias, la presencia de Mirna también despertó nuevas formas en la relación interna de la guerrilla y un sentimiento de solidaridad y apoyo hacia ella en particular, y una atención respetuosa y especial hacia todas las mujeres de las comunidades. Además, se efectuó un cambio en la respuesta que la población campesina tuvo hacia la propaganda de la guerrilla. Mirna relata que “este tipo de trabajo […] rindió sus frutos en cuanto a la incorporación de muchas campesinas (proceso progresivo y lento, pero seguro), muchas de ellas mujeres de nuestros colaboradores y después sencillamente miembros de la organización clandestina [lo cual tuvo] un alto grado de importancia, especialmente por la situación que la mujer campesina tiene en nuestro país”.

Durante este nuevo ciclo del proceso guerrillero en Guatemala, cuando se crea el Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP) y, después, la Organización del Pueblo en Armas (ORPA), la preocupación en torno a la participación de las mujeres también estuvo presente. Según Margarita Hurtado, militante del EGP, se reivindicaba la causa de las mujeres oprimidas y el derecho a su participación en condiciones de igualdad, aunque no hubiera un planteamiento tan elaborado sobre la opresión hacia las mujeres, en su especificidad, pero sí se reconocía que la mujer tiene un lugar que ocupar y que tiene que luchar junto a los hombres.

Por su parte, Anabela y Magdalena, dos mujeres que se incorporaron en 1966 al gei afirmaban que lo hacían porque sentían las “ganas de batallar con las armas, con el objetivo de ayudar a las mujeres para que vivan más libres y mejor y que gocen de todos sus derechos”.

Para mediados de 1966, el número de mujeres que formaban parte del GEI llegó a cinco y, mediante su incorporación voluntaria y reflexión acerca de su participación, actuaron y se transformaron, “resignificaron su identidad”.

Durante este mismo año, 1966, se postuló a la presidencia Julio César Méndez Montenegro, un activo partidario de los gobiernos del decenio revolucionario, lo cual abrió la discusión en el seno de las far en torno a si se apoyaría o no esta postulación por parte de la guerrilla, posición que defendían los miembros del pgt.

Pese a que en los diferentes comunicados del CPDR y del programa de las segundas far se adoptaba el carácter socialista de la revolución guatemalteca y se definía al imperialismo estadounidense como el enemigo principal, la candidatura de Méndez-Montenegro hizo resurgir las luchas de poder por la conducción del proceso revolucionario, y al final de cuentas, debido a que el PGT seguía teniendo la conducción política del movimiento, y a la incierta posibilidad de un gobierno nacionalista-democrático que no contaba con el apoyo de ejército, la postura del PGT terminó por imponerse sobre los mandos de las FAR. Con la oposición abierta de Turcios Lima a esta postura, pues consideraba que en ese punto la lucha revolucionaria no pasaba por las urnas, se decidió apoyar la candidatura de Méndez-Montenegro.

Detrás de esos acuerdos se pensaba que con la participación activa del movimiento se produciría un golpe de Estado, ya fuera para impedir las elecciones o para evitar que tomara posesión o realizara reformas democratizadoras, lo que conduciría inevitablemente a un estallido social en el que la guerrilla pudiera capitalizar el descontento popular y estimular insurrecciones armadas. Sin embargo, esto no sucedió. Méndez-Montenegro tuvo una aplastante victoria en las elecciones y tan sólo 15 días después de que tomó posesión como presidente de la república la guerrilla suspendió las actividades militares, mientras por debajo del agua Méndez-Montenegro negoció con el alto mando del ejército para que éste tuviera un cheque en blanco en su actuar para acabar con la guerrilla. Sin embargo, Turcios y César Montes, que ya era jefe del gei, acordaron entre sí no suspender del todo las acciones guerrilleras.

Paralelamente, algunos jóvenes que se encontraban fuera del país iniciaron preparativos para su regreso e incorporación a la lucha guerrillera; entre ellos, la hermana de Mirna, Nora. Sobre este episodio, Mirna relata: “Nora estuvo dos años en Moscú […] Empezó a ver que era cómoda la vida que llevaba mientras sus compañeros luchaban en Guatemala, recibiendo una beca bien remunerada y que la alejaba de sus ideas. Es así como impulsa a sus compañeros a regresar e incorporarse a la lucha armada en el FGEI [ pero antes] pasan un tiempo en Cuba, en donde reciben entrenamiento”.

Las acciones represivas realizadas por parte de los grupos paramilitares contra los pobladores, aunado al llamado del gobierno a la guerrilla para ofrecerle una especie de amnistía, disiparon cualquier duda del carácter represivo del gobierno de Méndez Montenegro y la ofensiva militar que se avecinaba.

En este contexto y con el objetivo de corregir el rumbo y romper el estancamiento en el que se encontraba la guerrilla, Turcios Lima redactó un documento titulado “Nuestras tareas fundamentales en la situación actual y nuestra preparación para una inminente campaña en el futuro”, en el que previa que comenzaría una ofensiva militar principalmente en contra de la GEI en la Sierra de las Minas.

A la par, el 28 de septiembre de 1966, en la primera plana del periódico mexicano La prensa se leía: “Decomisaron armas aquí. Iban destinadas a los guerrilleros guatemaltecos”. Entre los guerrilleros detenidos se encontraba Mirna. En ese momento gobernaba el presidente Gustavo Díaz Ordaz, quien había asumido la Doctrina de Seguridad Nacional y la tarea de contener la amenaza comunista que se había “hecho sentir en México con el asalto al cuartel en Madera, Chihuahua, en septiembre de 1965”, y quien el 2 de octubre de 1968 ordenó la matanza de Tlatelolco.

Después de permanecer unos días en las instalaciones de la Procuraduría, acusada de contrabando de armas y violación a la Ley de Población, Mirna fue trasladada a la cárcel de mujeres de Santa Martha Acatitla, en donde le informan de la muerte en un accidente automovilístico del comandante Luis Augusto Turcios Lima el 2 de octubre de 1966.

Pocos días después de la muerte de Turcios Lima comenzó la ofensiva militar que había previsto, pero ésta se enfocó no sólo en el frente guerrillero, sino también contra centenares de campesinos. Grupos paramilitares entrenados por el ejército detuvieron, torturaron y asesinaron a cientos de personas, desaparecieron aldeas y sometieron a la gente al terror generalizado. Esta ofensiva contrainsurgente se extendió de octubre de 1966 a julio de 1967, con la que el gobierno liquidó al movimiento guerrillero y, entre otros crímenes, cabe destacar el bombardeo sin cesar por parte de la Fuerza Aérea de las montañas.

A finales de 1966, la hermana de Mirna, Nora, “subió a la montaña [y en uno de los] enfrentamientos de la guerrilla con el Ejército […] entre el 16 y 17 de marzo de 1967 Nora fue capturada viva junto con Otto René Castillo. Fueron llevados a la base militar de Zacapa en donde los torturaron. Posteriormente regresaron al destacamento del ejército en Los Achiotes, aldea de Zacapa, en donde siguieron las torturas y fueron quemados vivos junto a 12 campesinos”.

El año de 1967 fue declarado oficialmente como “año de la paz” en Guatemala, pero bajo ningún otro régimen anterior el terror se había apoderado de ese país como en aquel momento. Las organizaciones paramilitares actuaban impunemente masacrando y torturando en la ciudad y en el campo, en especial en las zonas donde se movía la guerrilla. Según Eduardo Galeano, “en su mayoría, esos rostros sin rasgos no serán identificados jamás. Los cuerpos y las caras están siempre desechos por las torturas, las manos atadas a la espalda; a veces, la coincidencia de ciertos datos permite atribuir un nombre a un cadáver: esa mujer decapitada en Santa Rosa es la maestra Oaxaca de Mejía, ese hombre castrado es uno de los hermanos Pineda Longo, ese cuerpo quemado vivo es el de Nora Paiz, ese campesino de Salamá con alfileres en los ojos […] De muchas muertes ni siquiera se informa: son pobres indios sin nombre ni origen conocidos, que el ejército incluirá en los partes de las victorias contra las guerrillas”.

En marzo de 1968 Mirna fue trasladada a la cárcel de Schultz, la cárcel privada de la Secretaría de Gobernación ubicada en el entonces Distrito Federal, para ser deportada. No le dijeron a dónde sería enviada, ni tampoco si con esto se cerraba el proceso iniciado en su contra. Este día fue el último que vio a su mamá y a su hermana Clemencia.

Mirna llegó a Cuba donde estableció contacto con los militares de las FAR y en noviembre de ese mismo año fue enviada junto con otros compañeros a Corea del Norte, donde recibió entrenamiento militar y, a su regreso a Cuba, poco después del nacimiento de su hijo Ernesto, en mayor de 1969, escribió sus memorias.

Además de Mirna, en Cuba se encontraban otros compañeros pertenecientes a las far y juntos elaboraron un documento en el que plasmaron el análisis de la situación política guatemalteca, especialmente la desencadenada a raíz de la decisión de apoyar la candidatura de Méndez Montenegro, así como un balance de la lucha guerrillera. Este texto, redactado por Ricardo Ramírez, conocido como “Documento de Marzo” implicó la ruptura entre las far y el PGT, la cual dio lugar a la conformación de la Nueva Organización Revolucionaria de Combate (NORC).

Después de que Mirna fue deportada, su hermana Clemencia regresó a Guatemala y se incorporó a la (NORC). Así, Clemencia, conocida como la guerrillera Cecilia, fue una de las fundadoras de la organización político-militar que en 1974 tomaría el nombre del Ejército Guerrillero de los Pobres (EGP), el cual sentó las bases de lo que sería después el Frente Guerrillero “Otto René Castillo”, donde fue “la primera responsable del trabajo clandestino con los obreros”, y después en la montaña “se dedicó a complementar la formación de otros compañeros”. Siendo parte de la dirección del FEI (después llamado Ho Chi Minh), Clemencia Paiz cayó combatiendo el 17 de enero de 1978 en Mazatenango.

Durante todo este tiempo Mirna permaneció en Cuba esperando que hubiera condiciones para regresar clandestinamente a Guatemala. Finalmente, en el año 1979 regresó a cumplir las tareas revolucionarias que le fueron asignadas en el EGP, primero en la capital y después en el Frente “Augusto César Sandino”. Fue entonces cuando le tocó combatir las ofensivas de los generales Romeo Luchas García y Efraín Ríos Montt entre 1981 y 1982.

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