Sendero de lucha: El Movimiento Ferrocarrilero de 1958-1959

“Una pluma de fuego,
Eso es el alma:
Una distancia, y sed,
Eso es el alma:
Rayo del sol, y el grito, eso es el alma.”
Efraín Huerta, en Los Hombres del Alba, 1944.

En la década de los años 50, México vivió un proceso de huelgas significativas y destacadas. El fin de la segunda guerra mundial y la guerra fría en América trajo como consecuencia un repunte de las luchas obreras que habían sufrido un serio descalabro con la pérdida de la Confederación de Trabajadores de México en 1936, central independiente que se vio enfrascada en la lucha del control del mundo del trabajo por el Estado corporativo. La dirección comunista inicial fue derrotada de forma gansteril por Fidel Velázquez, representante vitalicio del Estado mexicano ante el Movimiento obrero, estampa del entreguismo y de la continuación del esquirolaje “obrero”. Con posterioridad, en 1948 se dieron enfrentamientos dentro del movimiento ferrocarrilero y surge la figura de estos dirigentes espurios, que se les nombrará “charros” y cuyo papel fue el entreguismo, colaboración con los patrones y la sumisión de la clase trabajadora. Los principales dirigentes consecuentes terminaron en la cárcel o muertos. En toda la historia obrera hay huellas de sangre en los núcleos de disputa de dirección del movimiento.

El desarrollo capitalista preparó el proceso de transitar de un país agrario, a otro industrial, con los consabidos cambios en la composición urbana de la ciudad, para el caso agrario las luchas también fueron enmarcadas con la represión, en el campo ejemplo de esa situación fue el asesinato de Rubén Jaramillo y sus familiares. El paso a procesos de industrialización, con desarrollo de sectores medios de la pequeña y gran burguesía, ubicados estos escenarios en los núcleos urbanos de la ciudad de México, Guadalajara, Monterrey, despliegan el desarrollo estabilizador en manos del capital financiero internacional, asociado con los sectores nacionales, que van a establecer en sectores industriales, comerciales de consumo de masas y medios de comunicación, entre otros.

El país se vio inmerso en una serie de cambios notables, un salto a un vigoroso proceso de desarrollo capitalista, en transición, afortunadamente la nueva generación obrera de 4 millones de obreros de industria, cuestionaron estas formas autoritarias al interior de los sindicatos y la falta de democracia e injerencia del Estado en la organización proletaria. La organización del proletariado mexicano dio como resultado una serie de movilizaciones y luchas democráticas por lograr mejoras económicas y democráticas.

Los trabajadores ferrocarrileros siempre han luchado, desde la revolución, por el constante mejoramiento de sus condiciones laborales y en la formación de un proletariado revolucionario. El Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (stfmr) fue una organización nacional, poderosa, que enfrentaba desde antes de los años 50, de frente con el “charrismo”, “charros” y “charrazos por la disputa de la dirección, democracia sindical, aumento de salarios, mejoras en las condiciones generales de trabajo, pero sobre todo por retomar el camino de la defensa de los intereses de cerca de 90 mil trabajadores.

Ferrocarrileros, telegrafistas, maestros, universitarios, así como de las organizaciones de la izquierda mexicana se disputaban la dirección del movimiento sindical; el Partido Comunista Mexicano y el Partido Obrero Campesino de México, donde militaba Valentín Campa y la mayoría de los integrantes del movimiento ferrocarrilero, mantendrán la disputa, pero lograrán la unidad de acción en el movimiento.

La calle y la bandera rojinegra, el paro y mítines relámpago con obreros denunciando a “viva voz” sus pésimas condiciones de trabajo, volantes, periódicos obreros. La huelga de febrero del 58 provocó un paro de más de 700 oficinas y centros de trabajo, en el caso de la ciudad y otros sitios urbanos, fueron centros de resistencia frente a la policía y el ejército que lograron recuperar estos, mientras que en todo el sureste su combatividad impidió la represión generalizada y reestablecer las negociaciones, que llevaron a cambios en los sindicatos y la lucha por la liberación de los presos políticos. Los ferrocarrileros molestaban este capitalismo de Estado de los años cincuenta, formaban parte de las notas su prensa posterior a la guerra y las vociferantes voces de sus columnistas alertaban sobre el peligro de “los rojos”, los “rebeldes”. Los grupos más radicales de la gran burguesía, como el Grupo Monterrey, clamaba por “¡Orden y paz, ya!”.

El año de 1958 marca la calle y las huelgas de forma destacada, al año siguiente en marzo- abril, se inició una feroz represión sobre el movimiento obrero que finalizara con la detención, desaparición y asesinato de dirigentes de estas luchas como el caso del tallerista mecánico Román Guerra Montemayor, desaparecido y asesinado por el Estado en el cuartel militar 31 en Monterrey, Nuevo León.

Aquí solamente mencionaremos a esa generación producto de las luchas obreras de clase, si queremos dar seguimiento a aspectos del movimiento ferrocarrilero, queda husmear la autobiografía de Mi testimonio memorias de un comunista mexicano de Valentín Campa Salazar, que junto con Demetrio Vallejo serán parte de los dirigentes históricos y portavoces de esas luchas.

Con el paso de los años, es posible señalar hoy la participación de las agencias norteamericanas de espionaje en estos eventos de represión en contra de lucha obrera, proporcionando la información para aplicar la misma. A raíz del “descuido” al proceso revolucionario cubano, pues los revolucionarios cubanos se entrenaron militarmente en el país y el “Granma”, partió del puerto de Tuxpan, Veracruz en 1956, lo cual significó un cambio de política norteamericana con respecto a México, la participación de la cia en el desarrollo, represión y desenlace de estos años de insurgencia sindical, que fueron el antecedente inmediato de los movimientos y dirigentes del 68.

Es tiempo de mantener el recuerdo de nuestras luchas, pero también de apremiar a formar sindicatos de trabajadores de forma clasista, combativa, independiente. Nuestra clase tiene mucho que recordar y aprender de su pasado; mucho que decir, construir y dar el paso hacia la construcción de una nueva sociedad. Además, es momento de recuperar los ferrocarriles dentro del desarrollo histórico contemporáneo, nacionalizarlos y ponerlos al servicio del pueblo

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