ArtículosAnálisisFragua #115

Contrainsurgencia y violencia criminal

El 22 de febrero de 2026 el gobierno mexicano anunció la muerte de Nemesio Oseguera Cervantes, conocido como “El Mencho”, líder del Cártel Jalisco Nueva Generación, tras un operativo militar en Tapalpa, Jalisco. El hecho fue presentado como un golpe decisivo contra el crimen organizado.

Pocas horas después comenzaron los bloqueos carreteros, incendios de vehículos y enfrentamientos armados en distintas regiones del país e incluso en algunas escuelas se cancelaron las clases. Los medios de comunicación nos pusieron la nota hasta en la sopa, repitiendo la explicación de siempre, el problema de México es el narcotráfico.

Pero si somos un poco perspicaces, preguntaremos: ¿la violencia que vive el país se explica únicamente por la existencia de organizaciones criminales? ¿o responde a una realidad más profunda relacionada con el funcionamiento del propio sistema económico, político y social?

El crimen organizado como característica del sistema

El crimen organizado no es un fenómeno ajeno al capitalismo. Por el contrario, surge y se desarrolla dentro de él. El capitalismo convierte todo en mercancía: la tierra, el trabajo humano, los recursos naturales y hasta la vida misma. Cuando ciertos negocios que dejan ganancias millonarias quedan fuera de la legalidad, no desaparecen; simplemente se vuelven clandestinos y siguen respondiendo a la misma lógica de acumulación.

El narcotráfico, la trata de personas, el tráfico de armas o el saqueo de recursos naturales mueven miles de millones de dólares cada año. Ese dinero no existe en un vacío: se legaliza en bancos, se invierte en empresas y circula dentro de la misma economía capitalista.

Por eso es ingenuo pensar que el crimen organizado existe completamente separado del poder político y económico. La historia reciente demuestra que con frecuencia existen vínculos, tolerancia o complicidad entre redes criminales, empresarios, autoridades y corporaciones de seguridad.

La política de la violencia

Pero la violencia no sólo cumple una función económica, en el capitalismo también cumple una función política. La militarización del país y la expansión de los aparatos de seguridad no pueden entenderse únicamente como una respuesta al narcotráfico. En muchas ocasiones también se utilizan para controlar territorios, vigilar comunidades, contener procesos de organización popular o de revolución, es decir para la contrainsurgencia.

Esto no es algo nuevo. Desde el levantamiento zapatista de 1994 el Estado mexicano desarrolló nuevas estrategias de guerra de baja intensidad dirigidas a desarticular las organizaciones populares y al propio EZLN. Como se explica en el artículo “La continuidad de la contrainsurgencia (Plan Chiapas 94)

Lejos de desaparecer, esta política contrainsurgente se ha adaptado a las nuevas condiciones del país. Las reformas recientes en materia de seguridad han ampliado la presencia de las fuerzas armadas en tareas de control interno. Como se analiza en el artículo “No es seguridad, es contrainsurgencia: últimas reformas para el control”, estas medidas fortalecen el aparato de vigilancia y represión del Estado bajo el argumento de combatir la inseguridad.


No es seguridad, es contrainsurgencia. Últimas reformas para el control

Te invitamos a leer el artículo mencionado del Fragua #109: No es seguridad, es contrainsurgencia: últimas reformas para el control


Militarización y represión

La experiencia demuestra que la militarización no resuelve las causas profundas de la violencia capitalista. Por el contrario, consolida un modelo de control social en el que el ejército y las corporaciones policíacas adquieren cada vez más poder. No para salvaguardar la paz de la población sino para permitir que el capital siga con la acumulación en unas cuantas manos, para seguir permitiendo el saqueo, la explotación y el robo de nuestros recursos, ese es el verdadero papel de las fuerzas armadas, su verdadera esencia y la mejor justificación es el crimen organizado que es como si fuera la otra cara de la misma moneda; sin embargo, debemos entender que las fuerzas armadas, policíacas y militares y el crimen, son instrumentos que utilizan los grandes empresarios y sus funcionarios de Estado para reprimir los movimientos y organizaciones que puedan poner en riesgo la acumulación del capital.

Un ejemplo reciente se vivió en el estado de Chiapas. El 20 de febrero de 2026, en el marco del quinto aniversario de la ejecución extrajudicial del compañero Ramiro Rodríguez Santiz, integrantes del Frente Nacional de Lucha por el Socialismo (FNLS) realizaban una actividad política de masas en la comunidad de Río Florido.

La respuesta del Estado fue el despliegue de un operativo policiaco-militar que generó miedo entre las familias campesinas-indígenas que habitan la comunidad organizada. Ante la incursión de las fuerzas de seguridad, los habitantes del FNLS tuvieron que resguardarse e incluso abandonar temporalmente el lugar para proteger su integridad.

El miedo como herramienta de la contrainsurgencia

Estos hechos muestran que cuando el pueblo se organiza para defender sus derechos o luchar por una transformación social, la respuesta del poder suele ser la intimidación, la criminalización y el uso de armas de guerra contra el pueblo.

Entonces debemos volver a preguntarnos: ¿quién se beneficia realmente del clima de miedo que vive el país? ¿por qué la militarización avanza mientras la pobreza, la desigualdad y el despojo continúan?

La violencia que atraviesa México no puede entenderse únicamente como resultado del crimen organizado. También forma parte de un mecanismo de control político que busca desmovilizar al pueblo y mantener intacto un sistema económico, político y social basado en la explotación.
Frente a esta realidad, la respuesta no puede ser el silencio ni el miedo o la resignación.

La única salida real está en la organización consciente del pueblo trabajador, en la solidaridad entre comunidades y en la lucha por transformar las condiciones que producen pobreza, violencia y desigualdad. Cuando el pueblo pierde el miedo y se organiza, comienza a romper el mecanismo más poderoso que utiliza el sistema para mantenerse.

¡Contra el despojo, la represión y la explotación; resistencia, organización y lucha por el socialismo!

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