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Lucio Cabañas: ser pueblo, hacer pueblo y estar con el pueblo

Esta frase expresa mejor que nada el planteamiento político del profesor Lucio Cabañas de cara a la lucha guerrillera en el Estado de Guerrero, víctima del cacicazgo y la violencia estatal que trajo un abandono y marginación para las capas proletarias y campesinas de su población, y que a lo largo y ancho de la costa podían atestiguarse. El Estado mexicano pudo ocultar detrás de Acapulco, con todo y sus grandes hoteles y restaurantes que sirvieron como postales y fotografías para el turismo y el cine, el problema miseria, pero nunca pudo calmar el enojo y el hambre del pueblo.

Así, tras la matanza del 18 de mayo de 1967 en Atoyac de Álvarez, producto de un mitin político, organizado por padres de familia que se encontraban molestos por la gestión tan ridícula que les exigía que llevarán a sus hijos al plantel con zapatos, cuestión chocante, sabiendo que muchos de ellos provenían de familias pobres, el profesor Lucio pasó a la clandestinidad y continuó la organización del pueblo, las condiciones los obligaron a armarse y a subir a la sierra cobijados por la espesura de los árboles y de las noches largas y calurosas; no fue fácil, hablar con el pueblo que es, en ocasiones, hablar de un gran gigante invisible, ¿quién era el pueblo, entonces? El pueblo eran los campesinos copreros y cafeticultores, que habían sido despojados de toda ayuda gubernamental; eran los hijos de estos campesinos que estudiaron en la normal rural con el propósito de dignificar el trabajo del profesor y más en un situación marginal; eran los estudiantes de la Universidad Autónoma de Guerrero convencidos no solo por las condiciones de marginación que veían a diario, sino, también por el viento revolucionario que soplaba desde la Habana y desde la voz de Fidel Castro; eran las amas de casa y sus hijas que estaban dispuestas a romper con la violencia impuesta desde el núcleo familiar.

Este era el pueblo, uno que ahora toma el rostro en cada uno de los integrantes del Partido de los Pobres y de su Brigada Campesina de Ajusticiamiento, que echaba por tierra la sucia campaña en la prensa, en la televisión y en la radio acusándolos de bandoleros, roba vacas, creando una idea que no sólo denigraba la voluntad de lucha del pueblo, sino, que también, limitaba la posibilidad (según creían) de enraizarse al mismo, de incorporarlo a la lucha armada. Los inicios del Partido de los Pobres no fueron sencillos, pero tampoco estaban solos en la lucha, las redes familiares que se entretejían en las comunidades les permitieron costear la guerra, alimentarse, incorporar nuevos elementos, además de obtener información muy valiosa que les daba oportunidad de estar un paso adelante del ejército.

Tal vez el ejemplo más claro de lo que expreso en estás siguientes líneas fueron Clemente Hernández Barrientos y David Cabañas Barrientos, el primero primo de Lucio y el segundo su hermano, que al igual que él estaban convencidos de la necesidad de luchar por el pueblo; otro ejemplo más fue el de Petronilo Castro Hernández, campesino, oriundo del mismísimo Atoyac, un viejo zapatista que entendió al igual que muchos otros revolucionarios de principio de siglo, que aquella revolución, fue una mera simulación, sin pensarlo puso al servicio de la causa, sus conocimientos, su casa y su parcela, también su familia se vio comprometida en el proceso, una de sus hijas, Guadalupe Castro Molina, se integró al Partido aunque por razones circunstanciales; los dos fueron detenidos desaparecidos en el mes de abril de 1972 por el Estado mexicano, dos años más tarde el 2 de diciembre de 1972 el profesor Lucio Cabañas cayó en combate junto al pueblo, aquel que lo apoyó desde 1967 y que se encontraba en sus filas con diversos rostros, ese mismo pueblo resistió, familia por familia los embates de la violencia estatal y ese mismo pueblo es el que lo reivindica justo en este 49 aniversario de la caída en combate de Lucio Cabañas Barrientos.

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